Reseña sobre un montaje escénico poético donde las muchachas propusieron decir los versos

Carlos Sánchez /    2017-07-13
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Ocurre allí. Del otro lado de la barda. Adonde solo se suele mirar cuando la desgracia nos toca.

 

Sucede que es la poesía. Que penetra la conciencia. Y nos hace voltear a ver al otro. Allí también. En la cárcel.

 

Todo comenzó cuando Abigael Bohórquez escribió Poesida (1996), su obra cumbre, la que se publicó después de su muerte, con la que ganó el premio internacional de poesía convocado por Conasida y el cual jamás llegó a sus manos. Primero lo alcanzó un infarto masivo.

 

Todo continuó a partir del taller de crónica, auspiciado por el Instituto Sonorense de Cultura, en el Cereso femenil. Diecisiete mujeres diciendo sus obsesiones a través de la palabra. El recuento de sucesos, de sus días.

 

Escribieron las morras, con garra, con honestidad. Entregaron su entereza y ahora un libro colectivo espera por su publicación.

 

En el embrión del taller se analizaron cuentos, se consumieron versos, se conversaron temas, observaron el documental El exilio (mujeres de lucha y decisiones, que filmó Eden Bernal), se escucharon rolas. De la ausencia y de ti del buen Silvio Rodríguez, por ejemplo.

 

Luego vino lo del estruendo aquel que nos significó el encuentro con Poesida. La reacción a partir de las ideas: un montaje escénico poético donde las muchachas propusieron decir los versos. Con la frente en alto, con la dignidad que fecunda en el ser humano el ejercicio de la lectura.

 

Despacio y sin pausa. Primero fue el reparto de los poemas. La mirada a conciencia puesta en cada uno de los textos. Después la agilidad de la memoria, para decirlo de principio a fin, para familiarizarse con el contenido, elocuencia comprometida del poeta caborquense que narra las peripecias, las desventuras de quienes trepan al último vagón de sus vidas infectados de muerte por Sida.

 

La poesía como punto de partida para la comunicación, la fraternidad, la emoción colectiva y conspirar para llegar a buen puerto. Todos los días andar con el poema, dentro de una celda, debajo de un árbol, en el interior del aula. Los ratos libres con un poema en los labios. Porque esa fue la apuesta, regalarnos un poema dentro de nosotros que son ellas, para siempre.

 

El tic tac y los días en cuenta regresiva. De pronto la creación sagaz de las muchachas y ya un foro improvisado, por demás digno, templete y mamparas, al puro estilo de cámara negra. En el aula magna que es un respiro, una ilusión, un milagro donde manifestarse.

 

La poesía como un acto cotidiano, el verso que encaja en el curso de una conversación habitual, de sobremesa, o en el más oportuno momento de un juego de volibol. La poesía ya como un acontecimiento familiar. Un estandarte, la bandera más preciosa y preciada.

 

Y al paso de la carreta se acomodaron las calabazas. Nubia Melina Jaime Donjuan toca el chelo; es integrante de la Orquesta Filarmónica de Sonora. Aceptó el convite de las morras para prestar la armonía desde su creación, para tender la plataforma melódica como un soporte para los versos desde las voces.

 

Así mix, como si desde siempre se conocieran. Nubia y las chavas en conexión inmediata. El sonido grave iluminando los rostros de las morras, el incentivo perfecto para ponerse de pie, en el proscenio y decir con la cara en alto la historia del poemario: Poesida de Abigael Bohórquez.

 

Si algo destacó en este montaje escénico poético fue precisamente la dignidad. El arrojo y la pasión, el deseo de pronunciar a cabalidad la vida de quienes desfilan con su “Desazón” por el interior de las páginas de este libro. Y ahora, desde estas voces que lo saben todo, lo duelen todo, lo felicitan todo.

 

…Porque si no lo digo yo / poeta de mi hora y de mi tiempo / se me vendría abajo el alma / de vergüenza / por haberme callado. (Fragmento de Duelo, de Poesida).

 

Estos versos como un acto de introspección, estos versos y ya en el curso del montaje, cada uno de ellos, en cada una de las voces, nos estrujaron también el alma. Con la sugerencia intensa de la música, de un chelo en vivo.

 

Durante el montaje y ya en la conclusión, se nos vinieron las preguntas inevitables: ¿De qué estamos hechos?, ¿cuántas veces al día nos ponemos en los zapatos del otro?, ¿a qué hora la poesía tocará a las puertas de nuestros pensamientos?

 

Las repuestas también contundentes: La muchachas del Cereso femenil están creando, nos están convocando. Sus voces aún resuenan en nuestro interior. Como un relámpago que nos ilumina. Para forever.

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