Sin Medias Tintas

3 perlas ciudadanas ( I ).

Omar Alí López /    2017-09-10
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Irma es una mujer joven y hermosa. Ronda los 30 años. Aunque todos han adulado alguna vez su belleza, ésta no le consta. Nació ciega. Y durante muchos años de su vida ha tenido que remar contracorriente para subsistir.

Ni por un momento puede uno imaginar las circunstancias de su vida, mucho menos la forma en cómo logró superar los múltiples obstáculos que una sociedad “normal” impone a personas como ella.

Todo su trayecto ha sido una escalada cuesta arriba y ha hecho hasta lo imposible por integrarse a un mundo laboral que pudiera darle cierta independencia y libertad.

No le gustaba depender de sus padres para todo y, cuando tuvo la oportunidad dejó el seno materno para enfrentarse a la vida. Su mente se desarrolló muy aprisa y es capaz de manejar con facilidad temas difíciles para la mayoría de las personas. Quizá la imposibilidad de distraerse en los asuntos de la “sociedad normal”, le dan más oportunidad para enfocarse.

Conoció a un buen hombre, como dice ella; invidente también. Se casaron y viven felices en una pequeña casa en Las Villas.

Él se dedica a la elaboración de escobas y trapeadores, y junto con otras dos personas ciegas tienen una microempresa que produce esos artículos de alta calidad todos los días. Los venden baratos a los intermediarios, que de seguro los venden al doble a los abarroteros y distribuidores de supermercados.

Entre los dos ganan lo suficiente para vivir bien. Sus comodidades se reducen a cuestiones muy simples, ya que no utilizan dinero para revisar anualmente el mobiliario ni preocuparse por la decoración interior o exterior. Pagan luz, agua y gas como muchos otros, pero los consumos son mínimos.

Aunque no tuvo hermanos porque sus padres no quisieron tener más hijos, sí tiene amigos que la estiman y la apoyan cuando requiere hacer cosas que por su ceguera no puede hacer; pero prefiere pagar antes de molestar a sus amigos.

En el interior de su casa hay la menor cantidad de muebles posibles, que pudieran convertirse en obstáculos o en un peligro para el andar de ambos. Y siempre está reluciente de limpia, pues la persona que le ayuda en la limpieza es de esos garbanzos de a libra que uno quisiera encontrar para contratarla al instante.

Ese día, Irma venía tarde del trabajo. Se le hizo tarde porque tuvo que traducir más textos al braille ese día y además un joven la orientó mal mientras esperaba su camión y se subió al equivocado. Cuando los olores, el tiempo y los sonidos no coincidieron con los de su memoria, le pidió a su compañero de asiento le indicara hacia dónde se dirigían.

Tuvo que recurrir a su taxi de confianza, que ya se había desocupado, para que fuera por ella. Y en el trayecto compartió con él chofer lo sucedido. “Debe haber sido un chamaco de ahí de la prepa la que la orientó mal, cabrones”, dijo el taxista. “Espéreme a la otra, Irmita”.

Al llegar a casa, sintió cierta ansiedad por no haber hecho la comida. Le gustaba tenerla lista para cuando su marido llegara. Y no es que Irma fuera dependiente de su marido, sino más bien porque siempre ha querido sentirse útil.

Al disponerse a cocinar, se da cuenta de que no hay gas; pareciera que se había levantado con el pie izquierdo ese día.

Pero antes de abrumarse con pensamientos, tomó su teléfono e hizo dos llamadas: Al gasero, para que le cambiara el tambo de gas; y a su marido, para que hiciera una parada en el camino y comprara comida.

La fortuna le sonrió porque solo tuvo que esperar 3 minutos por el gas. Un repartidor estaba entregando en la calle de atrás de su casa.

Su excelente memoria le permitió reclamarle “al del gas”. Estaba segura que lo había comprado solo 10 días atrás y no se dedicaba precisamente a hornear pasteles para que se acabara tan pronto.

Le pidió con extrema amabilidad y gentileza, como todas las cosas que Irma pide, le revisara el tambo por fugas, o bien verificara si por error le habían instalado uno de menor capacidad.

En esa colonia, en algunos casos los pasillos que dan al patio trasero son compartidos entre dos inmuebles; pero no es un lugar que Irma recorra mucho por su condición.

Después de tres minutos, el técnico le dice con seriedad: “Cómo no se le va a acabar el gas rápido, señora. ¡El vecino está conectado a su tambo!”.

“¡Arréglelo, por favor!”, dijo Irma, con la absoluta calma e inexpresivo rostro de los ciegos.

Mientras el técnico cortaba la línea de gas que iba al vecino, éste salió por la puerta de la cocina a reclamarle y le exigió que se la pagara por cortarla. “Arréglese con la vecina, cabrón”, le dijo.

Maldito gobierno, ¿verdad?

   



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