Sin Medias Tintas

Historias de Uber (IV, conclusión)

Omar Alí López /    2017-11-12
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Los segundos parecían transcurrir más lento de lo común.

Ágeda debía ser inteligente ante la situación. Si los sujetos sospechaban que se había dado cuenta de algo, esa podría ser su última noche.

De repente, una extraña angustia se apoderó de ella. Algo parecido a lo que se siente cuando hay impotencia. Miró hacia el cielo y cerró los ojos, como si rezara suplicando ayuda.

La garganta se le cerraba al mismo tiempo que varias imágenes pasaron por su cabeza. Se imaginaba varias cosas. Eran demasiados pensamientos para procesarlos juntos, sin embargo, las imágenes de sus hijos se repetían cada vez más en su mente.

Eran ciertas todas las historias que le habían contado sobre las sensaciones durante un episodio de terror. No hacía ni dos semanas que Verónica, su mejor amiga, había sufrido un robo en su casa. Un sujeto tocó la puerta y la sorprendió amagándola con un puñal. La amarró y después recorrió la casa buscando objetos de valor.

Ágeda recordó la extraña expresión de Verónica mientras le contaba lo que sintió durante el robo. “Todo pasa por tu cabeza, pero la angustia de no saber si vas a salir de esta, es horrible”, recuerda que le dijo, al mismo tiempo que los ojos de “Vero” se envidriaban.

Ágeda estuvo a punto de llorar, pero su instinto le dijo que no lo hiciera. Por un instante tuvo la idea de arrancar el auto a toda velocidad para salvarse; pero sus piernas parecían paralizadas por el miedo.

Haber visto el arma solo era una parte del terror que pasaría esa noche.

“Te hubieras ido antes” sonó en su peor momento de angustia.

El tono de su celular la regresó a la realidad. Se sobresaltó de tal forma con el sonido que no pudo sostener el teléfono y se le resbaló entre ambas manos y piernas hasta caer a la alfombra del auto. Cuando metía la cabeza por debajo del volante para alcanzarlo, se dio cuenta de que también las piernas le comenzaron a temblar; pero el “ya vienen” del sujeto de la puerta le perforó los oídos y le detuvo el corazón.

Ella se enderezó rápidamente.

“Ya vienen” –le dijo de nuevo a Ágeda mientras se sentaba en el asiento del copiloto.

El celular no sonó otra vez. Bien podría el hombre haber confundido el sonido del celular con una canción de la radio… o bien no.

Los dos sujetos se subieron rápidamente al auto. Ella trató de disimular lo más posible.

Miró el reloj del tablero del auto… Solo habían pasado cuatro minutos; para ella fueron horas.

“Agarra para el Parque Industrial”, le dijo uno de los sujetos que se sentó atrás. “Y date prisa”, recalcó.

“No te regreses. Agarra por la derecha y luego agarra el Soli”, insistió el sujeto.

Después de eso, ni una sola palabra.

Ella no se atrevió a decir nada. Ni siquiera quería mirar por el retrovisor. Siguió las instrucciones, y al mismo tiempo pensaba cómo salir de semejante situación; pero las palabras “parque industrial” y la consabida soledad del lugar solo le incrementaban el latir del corazón.

“¿Por qué hacia allá?, ¿Se habrán dado cuenta de algo?, ¿Me matarán?”, pensaba ella. La sola idea de la muerte le creó muchas imágenes más en su cabeza.

“Me detengo y corro”, “Si veo una patrulla, la detengo”, “Me hago la enferma o finjo un dolor”. Pero en cada pensamiento de esos, la imagen de uno de sus hijos aparecía de repente, en esos momentos en que los sostuvo a cada uno en sus brazos, incluso de cuando “les daba pecho”.

De pronto, mientras avanzaban por el bulevar, un auto se cambia de carril intempestivamente. Ella reacciona frenando con cierta fuerza. Todos se van hacia delante.

“Gente pendeja” –dice el sujeto a su lado. Ella no dice nada. Los de atrás tampoco.

De nuevo hubo silencio.

Mientras retoma el avance, con el pie izquierdo toca su celular en el suelo. Ella coloca su pie encima y siente que vibra repetidamente.

Al parecer está pantalla abajo, puesto que no se aprecia luz, que bien podría alertar a los sujetos.

Las vibraciones podrían ser el reflejo de mensajes de sus compañeros de Uber, preguntándole cómo está o dónde está o de si requiere ayuda.

“Métete por la Bimbo”, escuchó. Perdió la noción del tiempo. No recordaba qué había visto ni cómo es que ya había llegado al entronque del Parque.

Le dieron instrucciones para conducir por calles que jamás había visto y en lugares que cada vez más se veían más oscuros.

“Aquí está bien, párate”.

Ella frenó muy lentamente. Sus piernas comenzaron a temblar de nuevo, ahora con más violencia.

“Agáchate pa´l frente”, le dijo el copiloto.

Ella lo hizo, y al mismo tiempo cerró los ojos. Mentalmente se despidió de todos e hizo las paces con Dios.

“Nos caíste bien”, escuchó a lo lejos mientras se abrían las puertas.

Después, todo fue silencio… y llanto.


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