Sin Medias Tintas

¿Por dónde comenzar?

Redacción /    2018-08-06
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Hay muchos caminos que conducen a la creación del gran país que todos aspiramos tener; pero debemos admitir que ninguno es fácil. Muchos están llenos de obstáculos marcados por intereses económicos, personales o de grupos, y otros marcados por la ignorancia o la apatía social.

Y es que la construcción de cualquier cosa no es nada simple, conlleva años de dedicación y un gran esfuerzo que muchos no están dispuestos a realizar ni mucho menos a esperar. No somos “pacientes sociales”, porque creemos que los demás son los que deben esforzarse.

En la filosofía japonesa del trabajo se describe como “si nadie lo ha hecho, entonces debo ser el primero”, pero para muchos mexicanos es como si dijera “si nadie lo ha hecho, ¿por qué he de hacerlo yo?”

Esa desmotivación a hacer las cosas es la responsable de que los grandes proyectos no se concreten, porque la falta de voluntad conduce a la apatía y a la desconfianza, no solo en la personal sino también en la social –como cuando no le creemos a los políticos–.

Muchas de las condiciones para la participación social están dadas; sin embargo no son muchos los que quieren utilizar su tiempo en esas prácticas. De igual manera, existen formas de hacer patentes nuestras exigencias por una mejor sociedad; pero no concluimos si lo que perseguimos no nos beneficia. ¿Entonces?

En lo personal me ha tocado vivir esa encrucijada de la apatía social en varias ocasiones; pero ninguna ha sido tan marcada ni apasionada como la última.

Dos semanas antes de las elecciones, conseguí con una entidad privada y apolítica un programa para pintar las casas de mi colonia. Ellos estaban dispuestos a apoyar a todos los vecinos siempre y cuando utilizaran la pintura que promocionaban y, por si fuera poco, les pagarían por hacerlo.

Emocionado ante tanta buena voluntad, hice público el anuncio en mi colonia. Empezaríamos con 30 casas, para después continuar con otras 30 de un mismo color. Es decir, la idea era pintar 60 casas del mismo color y otras 60 de otro y así sucesivamente.

A la segunda casa pintada comenzaron los inconvenientes, ya que quien recibía la pintura debía anexar su credencial de elector, al ser esta el documento de identificación más común y el requerido por la empresa para validar su programa.

“Es compra de votos” dijeron algunos; “mejor le anexamos la licencia o el pasaporte” dijeron otros; “algún partido está detrás de esto” dijeron otros más.

Así, el programa se detuvo a la décima casa pintada porque la empresa no quiso que la donación pudiera verse con tintes electorales y los riesgos que eso representaba. Eso sí, nos dejaron la pintura, y entonces, ya pasadas las elecciones, se volvió a ofrecer a los vecinos la pintura gratis pero que ellos pagaran la mano de obra… no quisieron. Se les ofreció la cubeta de pintura por 500 pesos… tampoco quisieron.

Antes de revisar el porqué de la negativa de los vecinos, podrá usted decir ¿a quién se le ocurre conseguir esos programas antes de las elecciones? Quizá tenga usted razón, porque como dije al principio, no estamos preparados para confiar, pero ese no es el punto. Por eso, es necesario educar a las futuras generaciones para contribuir a la democracia y que sepan discernir entre buena intención y un objetivo político… Ah, todavía tengo las pinturas.

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