Mi gusto es… (O la otra mirada)

Miguel Ángel Avilés Castro /    2019-01-14
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Un objeto que me parece olvidado en los actuales tiempos y que le debemos un reconocimiento en el devenir de la historia de la mayoría de los hogares mexicanos es, sin duda, el bacín o la bacinica como también le llaman en algunas partes del país y, supongo que en otras partes del mundo.

Siempre de color blanco, cilíndrico y como una enorme taza para el café, invariablemente de peltre y si estaba despostillado, mejor. Ese era el bacín y su papel en la transformación del pozo en baño.

Afuera, al fondo del patio, una letrina resolvía el asunto de las evacuaciones en esas casas donde las bondades de una revolución no llegó nunca y por tanto, en las noches se requería de un instrumento capaz de evitar que tuviéramos que caminar hasta ese lugar, con el riesgo y la flojera que significaba salir a la obscuridad y al frío, luego de estar, bien calentito, enrollado en las cobijas.

Entonces, cuando ya era momento de ir a dormir, se iba por el bacín, se le pegaba una enjuagada y listo para la ocasión, se metía abajo de la cama y ahora sí, a roncar se ha dicho.

Cuando más tarde despertábamos, porque era imposible la continencia, estirábamos la mano y ahí estaba nuestro salvador, ese inmejorable invento, al cual lo poníamos a tiro de piedra para garantizar una exacta puntería y, órale, desahogamos lo que tuviéramos que desahogar.

Este proceso, aparentemente tan fácil, al llevarse a cabo entre dormido y despierto, llegaba a tener sus inconvenientes que hacían de aquello algo muy bochornoso por más solo que estuvieras y si estabas acompañado de alguien más, pues peor.

Uno de esos era el escandaloso ruido que hacía el mión en turno, cuando le tiraba agarrones al bacín y lo jalaba hasta la orilla de la cama, donde no hubiera riesgo de evacuar en cualquier otro lado del cuarto, menos en este mentado traste. Era un ruido inconfundible, que por más que quisieras, como el dinero y el olor de la guayaba, no lo podías ocultar.

Pero si eso pudiera ser un accidente propio de la somnolencia, otro de los percances, por sorpresivo, más dramático y humillante era el bajarte de la cama, olvidando que hacía media hora lo acabamos de usar, lo habías dejado hasta la mitad (medio lleno o medio vacío, juzgue usted) e ibas y metías, por accidente o a lo pendejo, tu patota en esas amarillentas aguas expulsadas por el desesperar de tus riñones.

El tiempo pasó y empezamos a disfrutar el desarrollo que nos había quedado a deber la tercera transformación. La riqueza en cada familia llegó a manos llenas y consigo también vinieron los cambios estructurales en las casas. El retrete, el privado, el evacuatorio o el excusado, así a secas, hecho de cartón negro o de lámina o de sábanas en desecho, poco a poco fue pasando a mejor vida y en su lugar, pero ya adentro, ahí juntito a la recámara o donde se prefiriera, nacía –ignoro si para siempre– el baño o el sanitario, con fosa séptica o drenaje, según el progreso de tu colonia, donde se mataban dos necesidades de un tiro: las fisiológicas propiamente dichas y las de la higiene corporal, es decir, el shower que, dicho sea de paso, también solía o suele hacerse, a la intemperie en un cuartito aparte o a manguerazo limpio.

Pero el bacín no se fue –si es que se ha ido pese a este México floreciente y en franco desarrollo– de manera inmediata, más bien fue paulatino ya que no faltó quien lo siguiera usando por costumbre, o porque la nana o la tía no podían caminar y había que ponérselo para su no batallar a un lado de la cabecera o, de plano, porque se era muy huevón y no se quería andar aunque fuera unos metros, como las momias de Guanajuato, hasta la nueva opción que se tenía.

En todos los sentidos fue un gran avance, un hito, un antes y un después, el paso que se dio en eso de desfogar el cuerpo de la más cómoda e higiénica manera, pero olvidar lo que significó el bacín para mucho de nosotros, me parece una ingratitud, un desagradecimiento mayúsculo de quienes tanto se sirvieron de él y hoy lo quieren olvidar por pena como un valioso instrumento en sus registros biográficos o porque quieren negar la cruz de su parroquia, jurándole a sus nietos que, esa cosa por la que preguntan extrañados y que allá lo vieron arrumbado, eran las macetas de antes donde se sembraban florecitas...

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