Youtubers, influencers, 1994, 2018 y lo que viene

Arturo Soto Munguia /    2019-05-23
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La serie 1994 dirigida por el periodista Diego Osorno y producida por VICE Studios es un excelente pretexto para la retrospectiva nostálgica y la remembranza de aquel año caótico, desempolvada para aquellos que entonces ya estábamos construyendo la narrativa de lo cotidiano desde alguna trinchera periodística.

 

A la generación que nació en esa década y las posteriores les resultarán ajenos varios nombres, situaciones y personajes. Despertaron a su infancia, adolescencia y adultez recién inaugurada, en el mundo de la información digital global.

 

Conocieron el México bañado en sangre por la guerra contra el narco desde el sexenio de Felipe Calderón y hasta la fecha, de manera que las decapitaciones, desmembramientos humanos, reguero de cuerpos baleados en las calles pueden resultarles tan familiares o inofensivos como cualquier juego de Mortal Kombat, similares o peores.

 

Frente al convulso escenario en sus pantallas digitales ¿qué de impresionante puede tener el asesinato de un candidato presidencial, transmitido en cadena nacional?

 

El asesinato de Colosio, el levantamiento armado del EZLN en Chiapas, el error de diciembre fueron parte de un prólogo que comenzó a escribirse en 1988 acerca de la transición política en México, que tuvo como uno más de sus capítulos, la “docena trágica” de los gobiernos de Fox y Calderón, que en muy pocas palabras pueden sintetizarse como el desencanto por una alternancia fallida que derivó en el regreso del PRI a la presidencia, con Enrique Peña Nieto.

 

Así llegó el 2018 y la marejada de esa gran fuerza que se aglutinó en torno a la figura de Andrés Manuel López Obrador, alimentada por décadas de rabia, desencanto y esperanza en un hombre que supo leer y capitalizar el estado anímico de las mayorías, y supo también amalgamar un movimiento que, a diferencia de las dos veces anteriores que compitió por la presidencia, incluyó personajes, organizaciones, corrientes y tendencias de las que renegó en 2006 y 2012.

 

Siempre he pensado que además de los elementos que fueron fortaleciendo la figura de Andrés Manuel (la crítica despiadada al prianismo, la intransigencia obstinada, la polarización entre malos y buenos, etc), uno de los factores que influyó sobremanera en la intención del voto en 2018, fue la convicción de mucha gente, de que 2018 era la última oportunidad para el cambio de régimen, y eso sólo podría darse con él a la cabeza.

 

No había, no hay hasta el momento, en Morena, un liderazgo que le haga sombra al tabasqueño, un hombre que está por cumplir 66 años y que en caso de aspirar de nuevo a la presidencia, lo haría a la edad de 72. Era ahora o nunca.

 

Hasta aquí todo bien.

 

Andrés Manuel no llega aún a sus primeros 150 días de los dos mil 190 que incluyen su sexenio y, no sé si usted neoliberal lectora, amlover lector, independientemente de sus filias y sus fobias hacia el presidente, albergue en su fuero interno el sentimiento de que ha transcurrido demasiado tiempo ya desde aquel primero de diciembre en que se cruzó la banda tricolor al pecho

 

Estos 150 días han estado llenos de sorpresas, buenas y malas noticias; desencuentros, críticas despiadadas y lisonjas desmedidas. Muchas versiones en el sentido de que el presidente está viendo el futuro con la nuca, agoreros del desastre y profetas del paraíso, entre otras cosas.

 

En el ámbito de los medios de comunicación esto se nota con mayor claridad. El reacomodo de las fuerzas políticas, la emergencia de un gobierno de signo distinto ha replanteado la relación de éste con los medios, especialmente con aquellos que hicieron hasta la imposible para frenar su ascenso.

 

El flujo del recurso público se ha reorientado, provocando una escalada de críticas entre los principales afectados, y la emergencia de nuevos destinatarios de esos recursos que, en correspondencia, vienen a jugar en mayor o menor medida, el papel que desempeñaban hasta hace poco los otros beneficiarios.

 

Los retos de esta nueva alternancia, cruzados por la esperanza de que ahora sí se avanzaría hacia una verdadera democratización de la información, un relanzamiento de la relación medios-poder, sin embargo, tienen motivos para el desaliento.

 

Las “mañaneras”, particularmente han propiciado la aparición de bizarros personajes cuyas divisas aspiracionales apuntan a llegar a ser los nuevos Jacobo Zabludovsky que todavía en 1994 era el guardaespaldas del autodefinido “soldado del presidente” Emilio Azcárraga Milmo.

 

Con pésima formación, peor servilismo, pobrísmo bagaje y muy mala fortuna, por cierto.

 

Entre estos nuevos “influencers” han ganado notoriedad, no por sus capacidades sino por lo contrario, un par de personajes: Carlos Pozos, mejor conocido como “Lord Molécula” y Sandy Aguilera, que dio su brinco definitivo a la fama cuando comparó urbi et orbi, al presidente con un corredor keniano, en su desmesura por el admirado elogio a la condición física del tabasqueño.

 

Brozo, el payaso tenebroso los ridiculizó recientemente en uno de sus programas. Y la respuesta no se hizo esperar. En uno de sus espacios, Lord Molécula y Sandy Aguilera, acompañados de otro a quien no conozco, se compadecieron de Víctor Trujillo, el hombre que da vida al personaje de Brozo, perdonándole la vida porque finalmente hay que entenderlo, ya que su madre lo parió en una cárcel y por ello alberga tanta amargura, rencor y frustraciones.

 

Si hasta antes de eso, ese par eran los depositarios de toda la pena ajena, con su solemne perorata de perdonavidas hacia el baquetoncísimo payaso que seguramente redactó su propia biografía guarra, dejaron al descubierto cuál es la verdadera política de comunicación del gobierno federal: la aniquilación de sus críticos así sea a base de mentiras, historias inventadas y la utilización de personajes de tan tierna ingenuidad o tan centavera mala leche, que son capaces de replicar, sin el mínimo rigor periodístico, cualquier tarjeta que alguien, con no menos mala leche, les ponga en la mano. Como antes, pues.

 

El asunto sería bien cómico, si no fuera tan trágico.

 

Porque indica que en esta nueva alternancia, el giro en la política de comunicación del gobierno federal es de 360 grados. Es decir, moverse hasta el punto de quedar donde mismo que estábamos en 1994 o antes.

 

Huelga decir que a Brozo, la izquierda no le perdona aquel programa en que exhibió a uno de los (aún) principales colaboradores de Andrés Manuel, entonces jefe de Gobierno del DF, René Bejarano, como el recolector de millones de pesos malhabidos, en el famoso episodio de las ligas, en 2004.

 

Que Brozo fue un instrumento de Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Federico Döring, Carlos Ahumada, Televisa, entre otros actores de la Mafia del Poder para minar la credibilidad de Andrés Manuel, dicen sus detractores, y no les falta razón.

 

Que el hecho existió, como existieron otros que documentan la dudosa “pureza” del tabasqueño, incluso antes de que se aliara con inmaculadas aves que cruzan el pantano y no se manchan, como Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, Manuel Bartlett, por citar algunos, también es cierto.

 

El problema en México sigue siendo la corrupción, la falta de transparencia, la disputa sangrienta de camarillas en el poder, el nepotismo y el agandalle; la cooptación y compra de votos y voluntades, el autoritarismo, la excesiva concentración del poder, antes en un partido, ahora en un solo hombre, entre otras cosas que antes se justificaban en aras del proyecto de un partido, ya fuera el PRI, ya fuera el PAN.

 

El “fraude patriótico” en la Chihuahua de 1986, perpetrado (o al menos validado) por Manuel Bartlett como secretario de Gobernación de Miguel de la Madrid Hurtado es uno de los ejemplos más a la mano para documentar lo anterior, pero también lo fueron el del 88 con Salinas y el de 2006 con Calderón.

 

El desaliento reside en que aquellos eran unos bandidos, y los que hoy están reeditando episodios similares llegaron al poder levantando la bandera del “nunca más”, pero en muchos sentidos, lo están haciendo peor.

 

Y así como ayer, desde el poder se entronizó a líderes de opinión, medios y churrigurescos políticos improvisados, hoy se suceden las imágenes, como en el documental 1994, para solaz y esparcimiento de la memoria.

 

Cuauhtémoc Blanco, Noroña, Lilly Téllez, Napoleón Gómez, Sergio Meyer, no le piden nada a Carmelita Salinas o a Roque Villanueva.

 

Y en los ámbitos estatal y municipales, ejemplos hay para dar y repartir.

 

En esas andamos, con esos bueyes hay que lidiar, y que venga lo que tenga que venir, porque aquí nos tocó vivir.

 

Colofón

 

Confieso que al primer “influencer” que comencé a seguir fue a “La Galatzia” y lo hice a partir de su sketch protagonizando a Angélica Rivera justificando la compra de la “casa blanca”. Es épico y está en youtube, por si lo quieren ver.

 

Hoy me encuentro que hay al menos 20 “influencers” que tienen millones de seguidores, pero en la lista no aparece ninguno de los aquí mencionados, sino otros que más bien abordan temas lejanos a la política.

 

Hace un par de días, por primera vez vi, porque me lo mandaron, un video de un tal “chapucero”, que hace poco era un redomado peñanietista y vociferante detractor de Andrés Manuel, pero hoy es exactamente lo contrario.

 

Se verán cosas peores. Dicen.

 

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