Sin Medias Tintas

El brazo de Dios

Omar Alí López /    2019-12-01
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Desde que el hombre es capaz usar el raciocinio, uno de los misterios más atractivos ha sido el de la aparición de la vida en nuestro planeta.

La ciencia nos dice que hace 550 millones de años debió presentarse una cadena de acontecimientos verdaderamente extraordinarios y azarosos para que la vida pudiera florecer.

Todo comenzó con una única célula, y sus mutaciones dieron origen a las millones de especies existentes en la Tierra.

Con la vida en comunidad, como producto de la colaboración mutua para asegurar la supervivencia de la especie, desde las primeras civilizaciones ya se manejaban algunas creencias acerca de la presencia del hombre y del mundo en sí.

En su intento por encontrar respuestas, las culturas del mundo antiguo –sin excepción– acudieron a la divinidad, a un poder superior. Una práctica que sigue conservándose en nuestros días gracias a los pilares construidos por tres libros increíbles: la Biblia, el Corán, y el Canon Pali.

Como la célula original de donde nació todo, cada uno de esos libros constituye el origen de las religiones en el mundo. De la Biblia nació el cristianismo (católico, protestante y ortodoxo), del Corán nació el islam (sunismo, chiismo y otros) y del Canon Pali nació el budismo (theravada, maháyâna y vajrayâna).

Cada religión tiene su forma de explicar el origen de la vida y del hombre, y de igual manera establece las normas de comportamiento que nos permiten vivir como personas civilizadas.

Siempre se ha criticado es el uso de la religión como un medio para subyugar al ignorante y, aunque parezca increíble, esa práctica continúa en pleno siglo XXI.

En Guanajuato, México, por ejemplo, poco se conoció del reciente caso de un padre católico que atendía al menos 16 comunidades rurales.

Aprovechándose de las circunstancias, este ‘hombre de Dios’ infundía miedo a los pobladores, amenazándolos con enviarlos al infierno si no acudían a misa –suena increíble, pero sucedió–.

Eso sí, para asistir a la homilía dominical cada asistente estaba obligado a hacer un donativo de al menos 50 pesos; el no darlo era pecado y eso conducía directo al infierno. Cada evento adicional tenía su cuota de recuperación obligatoria.

La gente de las comunidades dejaban incluso de pagar los servicios básicos para cubrir las cuotas mensuales impuestas por el párroco. Se trata de poblaciones con gente pobre, donde muchos no tienen acceso a la educación, y mucho menos a los libros.

Desconozco si el padre reportaba a la Iglesia la sustancial constancia de los diezmos; pero sí se sabía de su holgado estilo de vida, el cual por cierto no se podía ni criticar ni mencionar so pena de ganarse un boleto directito al infierno.

La gente vivía con temor a Dios… y al padre, como su representante en la tierra.

Y así como el valiente vive hasta que el cobarde quiere. Se necesitó solo de una persona que elevara la voz para que todo cambiara y denunciara tales abusos, y hoy las comunidades tienen nuevo párroco y, al parecer viven más tranquilas, sin la zozobra de ningún viaje todo pagado.

Lo mesiánico no tiene cabida en los cerebros educados. No lo olvidemos, a propósito de lo que estamos viviendo en México hoy.

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