Mi gusto es… (O la otra mirada) 

El hombre y su máscara

Miguel Ángel Avilés Castro /    2022-07-30
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Para Alejandro Zabaleta, que se fue, de pronto, en la madrugada

El pasado 21 de Julio falleció María de las Mercedes Carreño Nava y la noticia me causó un vuelco abajito del corazón.

Se iba ella y consigo también se iba un tantito de una época del cine mexicano que hizo sudar a muchos.

Hablo de Meche Carreño y cuando lo hago, no evito recordarla en la pantalla grande o en la tele ya muy de noche, como tampoco evito imaginar e imaginármela bañándose totalmente desnuda en el río, al iniciar La Choca, esa famosa película dirigida por "El Indio" Fernández estrenada en 1974, con la cual obtuvo un Ariel y la oriunda de Minatitlán, Veracruz, fue galardona como la mejor coactuación femenina.

Destacó también con sus participaciones en películas como “Damiana y los hombres” (1967), La sangre enemiga (1971), La inocente (1972), Zona roja (1976) y La otra virginidad (1975).

Coincido con el periodista Alejandro Membrillo quien en Milenio Digital señala que “La cualidad polémica y contracorriente del cine de ficheras encontró en la personalidad transgresora de la actriz veracruzana una aliada invaluable en una época de represión artística y social. A través del erotismo en la pantalla grande, Meche Carreño se convirtió en un ícono de la liberación sexual y el empoderamiento femenino, así como en vocera de causas sociales.”

“Un trabajo artístico combatiente y revelador que, apoyado por el erotismo y la sexualidad, la llevó a proponer discusiones sociales sobre la hipocresía moral y la ruptura del conservadurismo de la época a través del arte.”

La señora no llegaba de improvisto a las altas luminarias. Siendo aún niña llega a la Ciudad de México y siendo ya una adolescencia estudia arte dramático en la academia Andrés Soler.

Además, participa en diversas obras teatrales experimentales y completa su actividad teatral, ejerciendo el modelaje. Precisamente, debido a a esa actividad se da más conocer, tanto así al poco tiempo debuta profesionalmente con Carlos Ancira en la obra El hombre y su máscara.

Cuando estuvo en su apogeo, yo era acaso nomas un posadolescente, sin la mayoría de edad aún y eso, como a muchos, significaba, por razones obvias, una gran desesperación.

En ese entonces si acaso nomas iba a la matinée del Cine Juárez o el Cinema La Paz o el Premier que llegaría después a ser considerado como de más caché, en donde, en los intermedios, acuérdate bien, optabas por salir de aquella oscuridad para comprar palomitas o un austero hot dog o en su caso, bajar a jugar luchitas en la plataforma que estaba frente a la pantalla; y, a la salida, comprar una nieve de nuez al Pasaje Madero.

Luego regresabas en camión, muy feliz, a tu casa. Al principio te conformabas con una película de Capulina ya sin Viruta porque se habían peleado. Hacías largas colas para ver El Chanfle, ese otro éxito de Chespirito pero ahora en la pantalla grande después de haber triunfado con todos sus personajes con Ch bien mexicano, sorjuanesco, aunque algunos, llenos de soberbia, no lo quieran reconocer.

Al tiempo las matinées te aburrían o, como te juzgabas grande, uno, inquieto que era, ya quería ver la primera película para adultos, porque oías a los grandes decir que las mujeres se quitaban todo.

Los que querían ver esas películas se untaban ajo en las partes que se necesitaba para que les saliera vello, pero los resultados tardaban mucho, así que nos poníamos en la puerta del cine y desde ahí aventábamos la mirada a ver qué se lograba pescar cuando quedaba la cortina entreabierta.

De este modo se veía, desde la entrada, la silueta de un cuerpo que se quedaba quieto como para que lo contempláramos, y por fin cumpliéramos la fantasía mientras llegaba tarde que temprano el placer real.

La cortina se encerraba de improvisto y uno sentía como si te descubrieran, como si todas las miradas se clavaran sobre ti, y te retirabas asustado no fuera a ser que te viera un conocido más grande, al que sí dejaban entrar, y corriera con la acusación a tu casa.

Eso te podía apenar y te ponías colorado como un tomate, sin que hubieras hecho algo malo o hubieras cometido una indecencia, o más bien dicho, una liviandad.

Por eso les digo que si yo vi a Meche Carreño, ya fue en la tele o en otras partes, ya que en sus memorables apariciones, como esa de La Choca, en su personaje de Flor, ella tenía 27 años y yo apenas ocho ni chanza de cambiar mis canicas por botas de charro, nomás en su honor.

Pero me quedo con lo que dice el maestro Enrique Serna, al hablar de esta inolvidable mujer, llamándola La morena magnética: “La memoria de la libido es más fiel que la del cerebro, pues actualiza el deseo como si hubiera brotado ayer.”

Por eso es que les digo que, ya entrado en gastos, no evito recordar a esas otras bellas de noche de por aquellos años como Olga Breeskin, Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux y la Princesa Yamal, por nombras tan solo a unas. De paso, también a la gran Fanny Cano que rivalizó con Meche Carreño a la hora de volver locos a muchos y despertar tantos deseos.

“No son sucias las mentes que piensan en el erotismo, sino aquellas que lo consideran pecaminoso.” dice José Barcala, cual si lo pronunciara frente a una imagen de Doña María de las Mercedes Carreño Nava, es decir, Meche Carreño.

La gran señora había dejado la carrera a edad temprana y en los recientes años participo en el activismo ambiental y antes de que llegara ese agresivo cáncer de hígado, tenía pensando escribir para niños.

Válgame, como no lo hizo en aquellas épocas de mi infante vida, cuando yo, a pesar de esa inocencia que aun cargo a cuestas, hubiera sido para de ella, las páginas enteras de un libro abierto.

    

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