DONDE EL FUTBOL APENAS FUE UN PRETEXTO(..O EL VIAJE QUE TERMINÓ ESCRIBIÉNDONOS)

Miguel Ángel Avilés Castro /    2026-05-13
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Hay viajes que se planean y hay otros que se inventan sobre la marcha, como si la ciudad misma dictara el itinerario con esa mezcla de capricho y destino que distingue a la casualidad.


Este fue de los segundos: plan C, dijeron, como si las mejores historias no nacieran precisamente cuando los planes A y B ya se fueron a estrellar contra la realidad.

La razón oficial era el futbol, pero desde el inicio todo fue un enigma: quiénes irían, qué pasaría en la cancha, qué terminaría pasando con nosotros.

Porque en esta ciudad atribulada y convulsa, uno no llega: uno se va encontrando pedacitos de ella y, al rato, completa se viene encima para que la mires cara a cara, llena de cicatrices y, sin embargo, floreciendo como el árbol que no morirá nunca, como la infección que no sanará jamás.

El aterrizaje en el AIFA fue una primera lección de distancia. No solo geográfica: también simbólica. De ahí, una caminata larga, de esas que no estaban en el itinerario pero sí en el destino.

De haber sabido, escalo y bajo el Cerro de la Campana dos semanas continuas para estar al cien en eso del aguante y la altura.

Pero ya qué.

Después del primer tramo, ahí estaba el hambre, puntual como funcionario en foto, y nos llevó a lo esencial: tacos. De bistec, de longaniza, para que me agarraran agruras, o de esos que no piden reseña sino repetición, más allá de un eructo.

Buenísimos.

 De esos que interrumpen el diálogo entre los comensales y solo reinicia para solicitar que te alcancen el salero o te den otra servilleta, como si pidieras auxilio para quitarte lo enchilado.

Caminar de nuevo, pero no tanto porque el hotel ya estaba a la vuelta de la esquina, aunque se entrara por atrás; ya ni modo.

 Entonces esperar, cabecear el sueño en la banqueta, soltar los primeros eructos gracias a los tacos con salsa verde y seguir con esas conversaciones a medio armar o echar el ojo hacia la calle que mañana estaría llena de transeúntes.

Y al rato, cuando Dios nos entregó por fin la deseada tarjetita, subirnos a ese elevador como nave espacial o escalera al cielo y pegar una siesta larga, larga, cual si fuéramos víctimas de las goteras de Garibaldi o casi.

La noche cayó —o nos cayó— y ofrecía opciones: el box como tentación primaria, el espectáculo como desvío civilizado. La democracia se impuso, cual debe, y ahí vamos, con singular elegancia, a esperar la tercera llamada, tercera.

Pero antes, de nuevo ganó el antojo, como casi siempre: más tacos primero, porque en esta ciudad el orden de los factores sí altera el producto. Birria. Tres paquetes de tostadas, cervezas y unos Tigres arrodillando de momento a unas Chivas que después cobrarían venganza a su manera.

Antes, al bajar, el auxilio oportuno para sacar al buey de la barranca, asegurar que aún trajera la pierna atorada consigo y continuar, mientras el chofer, que la hacía también de guía —y de judío—, se alejaba loco de contento y felicidad.

Y luego, el giro inesperado: Perfume de Gardenia en el Teatro San Rafael, que desde afuera parece el galerón de una vieja tienda Conasupo, pero adentro tiene la magia, la nostalgia, el erotismo, la luz, el destello, el sabor o todo junto.

Ahí adentro la ciudad se quitó el casco de obra y se puso lentejuela. La obra —cabaretera, desbordada, consciente de su exceso— no fue solo un espectáculo, sino una cápsula del tiempo donde la recordadera baila con la ironía.

Casi tres horas de una maquinaria escénica precisa, profesional, deslumbrante, que resume una época y al mismo tiempo la parodia.

El elenco, la música, la coreografía: todo conspirando para recordarnos que el caos también puede ensayarse y salir bien librado.

Cuántos cuerpos palpitantes, y yo palpito; cuánto sudor y cuánta fuerza en cada uno, palpitando.
Allá todo es una escena.
Acá, arriba, cada uno escribiría su propio guion de lo que estuvo viendo.

Y por ahí, entre la llovizna, los tacos, las caminatas eternas y el ruido de la ciudad que nunca acaba de dormirse, también iban ellos: los idos de la mente.

Como si en cualquier esquina fueran a aparecer Ramón y Cornelio cantando bajito aquello de andar perdidos sin saber qué camino agarrar, mientras la ciudad —cabrona, inmensa, sentimental— seguía extendiéndose como un acordeón triste sobre el valle.

También iba Don Chava.
Bolero de tres generaciones.
Lustrador de zapatos y memorias.

Uno jura haberlo visto subir las escaleras del estadio con la misma paciencia con la que boleaba los domingos, cargando nostalgias ajenas entre el cepillo y la franela, buscando asiento entre la multitud para gritar todavía, desde quién sabe qué década:

—¡GOYA!
—¡GOYA!

Pidiéndole goles a Cabinho y a aquellos Pumas setenteros que siguen jugando en alguna parte donde nunca terminan los domingos ni las lluvias chiquitas.

Porque las ciudades grandes hacen eso: mezclan tiempos, personas y fantasmas.

Y uno termina caminando entre vivos, muertos, canciones norteñas, teatros de revista, chipichipi, cervezas tibias, elevadores espaciales y estadios donde todavía resuena el eco de alguien que creyó que el siguiente gol podía cambiarlo todo.

De vuelta al hotel, el cuerpo ya pedía tregua, pero con el comandante en jefe no se negociaba ni medio metro y de nuevo empezó el andar. Al cabo, los cuartos que nos esperaban y un aguaje inesperado,  estaban ahí, tras lomita, a un kilómetro de distancia, y ya que tanto es tantito.

Columna por uno hasta llegar.

Porque el domingo tampoco venía a negociar.

Y este llegó como llegan las ciudades grandes: temprano, sin preguntar. Bicicletas, caminatas, el pulso abierto convertido en río humano. La búsqueda del desayuno fue otra expedición: hambre como brújula, conversación como mapa.

Y en medio de todo, una procesión invisible de acompañantes ilustres: opinando en cada esquina, poniendo banda sonora a la caminata, cruzando avenidas con prisa revolucionaria y hasta abriendo paso entre el tráfico y la fe del transeúnte.

Porque en esta ciudad todos caben, incluso los que ya no están.

Un perro gordo que cuida a uno chiquito y un hombre, a ras de calle, que es el padre de los dos.

La tarde nos empujó hacia él, ese coloso donde la multitud se vuelve argumento. Casi lleno, como si la ciudad entera hubiera decidido coincidir.

Lluvia.

Y el partido: un 3-3 de esos que no se juegan, se disputan. Toma y daca, orgullo y vértigo, goles que se gritan con la misma intensidad con la que se olvidan las certezas.

Llovizna.

Una ilusión temprana del equipo rival —y de un seguidor que cantó victoria casi antes de iniciar el juego—.

Palomitas con chile( en mano) cerveza como testigo líquido y un chipichipi leve que no interrumpe sino acompaña, como si también quisiera ver el juego.

Por momentos, todos éramos niños otra vez: creyendo que el siguiente gol lo cambia todo.

Y al final, salir. O intentar salir. Volver al hotel o a su aproximación más cercana, porque uno, cuando anda caminos, nunca llega del todo.

Y entonces, otra vez, el hambre. Porque la ciudad no solo te recorre: te gasta.

Resolverla —la comida, la noche, el regreso— es parte del rito.

Carne para honrar al norte.

Como si cada decisión mínima fuera un capítulo más de esta crónica donde el futbol era el pretexto, pero la ciudad recorrida, la verdadera protagonista.

Y uno entiende, ya sin prisa, que el viaje no fue plan C. Fue plan ciudad.

Y la ciudad, como siempre, ganó.

Como ganaba ese América de los ochenta con Zelada, Trejo, Tena, Manzo y Bravo; este que ahora está frente a unos niños de aquellos años y les cuenta una parte de su diario que no cabe en una maleta.

El tren ligero ya va de regreso porque hay pàjaros que vuelan de noche y otros que nomas agarran vuelo .

 Como lo hace la memoria 

...al inventariar sus recuerdos.

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