TERCER DOMINGO DE JUNIO (Hombres de buena voluntad)
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Apenas ayer miré a una niña al lado de su papá y, tomados de la mano, platicaban lindo y bonito.
En otra ocasión, de mañana, un papá y su hija esperaban que abrieran la escuela primaria a donde la deja todos los días.
Hemos visto, además, al papá que pedalea una bicicleta y su hija va trepada en los cuernos, trayendo consigo una mochila y unas trenzas que lucen muy bonito.
Así como ellos, hay —porque los conozco o los he visto— o habrá —sin conocerlos pero no me cabe duda de que existen— quienes, en actos como éstos y muchos otros que desconozco, dan todo de sí como papás y cumplen con ese rol o incluso con el de la madre, sin proclamas ni discursos, volviendo realidad lo que unos y unas vemos, aunque otros y otras se resistan a reconocerlo.
Porque si bien la regla estadística dice que ellos —no ellas— suelen encabezar los incumplimientos, también existe una parte que constituye la excepción: hombres que sí cumplen, y a veces de sobra, mientras la otra parte de la ecuación no siempre lo hace.
Y si hablamos de igualdad, también habría que igualar el reconocimiento.
Más aún: hay un alto porcentaje de hombres que no engendraron al hijo o hija que aman y cuidan.
Quizá merezcan más el título de padre que aquel que llegó, hizo su gracia y desapareció.
Los que llegaron a sustituir ausencias, a curar abandonos y a ocupar un lugar que otro dejó vacío, merecen doble reconocimiento.
Quien no entienda esto quizá tampoco entienda cuánto es dos más dos.
No hay que ser tan tajantes. No deben pagar justos por golpeadores ni responsables por irresponsables. Sobre todo cuando la excepción se vuelve invisible y la regla se convierte en proyectil, disparado contra todos los hombres sin distingos, por el simple hecho de llevar una "O" al final de la palabra.
Resulta curioso que algunos discursos que se dicen liberadores terminen pareciéndose demasiado a los prejuicios que dicen combatir.
Cambian los destinatarios, pero conservan la generalización.
Y así, mientras la realidad camina por las calles llevando niños a la escuela, pagando útiles, asistiendo a festivales y velando enfermedades, ciertas teorías permanecen cómodamente instaladas en el sofá, en el cubículo climatizado o en la encuesta diseñada para confirmar lo que ya se había decidido creer.
La realidad, sin embargo, tiene la mala costumbre de no pedir permiso. Y suele arruinar estadísticas, consignas e ideologías cuando un padre de verdad aparece cargando mochilas, desvelos, responsabilidades y afectos.
Nada de esto pretende ocultar la violencia de género ni disminuir su gravedad. Existe, lastima y merece toda la atención posible.
Lo que resulta difícil de entender es cómo algunas personas, en su legítimo afán de combatir prejuicios, terminan fabricando otros nuevos.
Porque la justicia no consiste en cambiar de acusado colectivo cada cierto tiempo. Consiste, más bien, en reconocer que las culpas son individuales, aunque a veces las ideologías prefieran que sean hereditarias.
Como toda condición humana, la familia también es una construcción histórica. Pero la última palabra no la tiene la teoría ni el prejuicio: la tiene la realidad.
Y la realidad —esa vieja necia que no se somete a consignas— sigue mostrando que existen hombres que abandonan, pero también hombres que permanecen; hombres que destruyen, pero también hombres que construyen. Negar cualquiera de las dos cosas es dejar de mirar la realidad completa.
Y mientras la realidad siga contradiciendo los dogmas, habrá padres buenos haciendo lo suyo: sin pancartas, sin etiquetas y, muchas veces, sin que nadie les pregunte de qué lado de la estadística les tocó vivir.


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