La escandalosa infamia de la pederastia clerical en México

Proceso /    2021-09-27
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Por Leopoldo Cervantes-Ortiz

Cuando el abuso sexual infantil es perpetrado por quienes deberían dar guía y consuelo, la infamia adquiere proporciones escandalosas. Con testimonios de víctimas, filósofos y otros expertos, Depredadores sagrados. Pederastia clerical en México (Penguin Random House, 2021, coordinado por Bernardo Barranco) ofrece el mejor análisis que se haya hecho de la pederastia clerical en nuestro país. A continuación ofrecemos fragmentos del capítulo “Catolicismo, protestantismos y pentecostalismos ante la moral sexual”, de Leopoldo Cervantes-Ortiz.



CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– En principio, podría pensarse que no habría diferencias en relación con el abuso sexual contra menores entre las iglesias, pero la realidad cultural y social muestra que las hay. Desde mediados del siglo XX el sociólogo protestante francés Roger Mehl (1912-1997) diferenció teológicamente la moral sexual del catolicismo y el protestantismo: “Sean cuales fueren las motivaciones diversas que han llevado a la Iglesia a instaurar a partir del siglo XII y a mantener desde entonces el celibato de los sacerdotes, es cierto que esta ley implica la siguiente idea: la vida religiosa es la forma por excelencia de la vida cristiana, es la vida cristiana perfecta; por eso precisamente ha de estar vinculada a diversas formas de ascesis y éstas tienen por objeto someter el cuerpo, limitar su poder sobre la persona. Particularmente la sexualidad, forma eminente de la vida del cuerpo, no ha de tener lugar en la vida del sacerdote. Hay una especie de incompatibilidad entre la función santa por excelencia que representa el ofrecer a Dios el sacrificio eucarístico y la vida sexual, pues pone al hombre en una especie de estado de impureza”.


Partiendo de este planteamiento, se podría decir que las vías de escape externas y forzosas para la obediencia del celibato serían tres, por lo menos: la fornicación heterosexual, la homosexualidad entre adultos y la pederastia, aun cuando la caracterización del problema no sea así de simple y su complejidad psicológica, ética y espiritual va más allá de esta categorización de “respuestas” a la práctica del celibato, lo que no ocurre en las iglesias protestantes.


Esta diferencia formal no siempre aparece con claridad en los medios de comunicación, debido a que no se conoce suficientemente el contexto doctrinal y práctico de las iglesias no católicas. El historiador bautista puertorriqueño Samuel Silva Gotay, basado en una amplia gama de fuentes, escribió al respecto: “Es también justo señalar que este problema de la pedofilia no es privativo del clero de la Iglesia católica, sino que lo encontramos en todas las denominaciones religiosas y organizaciones de niños, como escuelas y colegios (...) Lo que sucede es que la magnitud del problema en la Iglesia católica es colosal. Éste se refleja en la enorme cantidad de casos, publicidad, estudios, bibliografía y descomunales efectos institucionales. Según algunos analistas de la propia Iglesia, esto se debe no sólo al carácter patológico del pedófilo, sino también, al carácter obligatorio del celibato que agudiza la falta de afecto y la expresión sexual adulta, al autoritarismo institucional que impide la transparencia de los actos de las autoridades y la participación de los laicos en la supervisión de la administración de su Iglesia y, finalmente, a los códigos secretos de obediencia que atraviesa toda la institución”.

Entre sus referencias acerca de las iglesias no católicas está un libro de Christa Brown, dirigente bautista, quien lo escribió para exponer el abuso y encubrimiento en la conservadora Convención de Iglesias Bautistas del Sur, cuna del fundamentalismo y de los “cristianos de derecha” en Estados Unidos. En una entrevista sobre el libro, dijo, refiriéndose a su propio caso de abuso:

“Era tan ingenua al principio. Otro pastor supo del abuso de cuando yo era niña; lo sabía no sólo porque yo misma finalmente me quebré y se lo conté, sino también, como descubrí más tarde, porque el autor mismo se lo había dicho. Este ministro todavía estaba trabajando en mi iglesia anterior de la infancia, así que pensé que no sería ningún problema hacer algo. Este ministro lo sabía, y ahora sería mayor y más sabio, y querría ayudarme. Eso es lo que yo creía. De hecho, realmente pensé que estaría contento de saber de mí. Baste decir que no lo era (...) Finalmente descubrí que literalmente no había nadie que me ayudara. Mientras tanto, mi perpetrador todavía estaba trabajando en el ministerio de niños y allí había estado todo el tiempo. Finalmente, después de que presenté una demanda y obtuve publicidad, renunció a su trabajo ministerial y ahora vende bienes raíces. (...) Pero escuché que es muy activo y respetado en una iglesia bautista prominente. Y, a decir verdad, podría mudarse fácilmente a Georgia mañana y comenzar a trabajar como ministro en otra iglesia bautista. No ha sido condenado penalmente por nada, y ésa es la constante, de facto, entre los bautistas del sur. Si un ministro no está en la prisión, puede pararse en un púlpito.”

Cuando los escándalos del catolicismo eran más visibles en los medios, lo acontecido en las iglesias protestantes se ganó un lugar, con todo y que en ese ambiente religioso causa más escándalo la homosexualidad que la pederastia.

Tal como lo narra Brown, “al menos 380 miembros del clero de la Southern Baptist Convention (SBC), que no hacen voto de celibato, han sido acusados de haber abusado sexualmente de más de 700 personas, en su mayoría menores”.

“¿Tiene el celibato algo que ver con los abusos?”, es una pregunta que se plantea al momento de diferenciar al catolicismo del protestantismo. Y las respuestas, lejos de ser categóricas, hacen surgir nuevas interrogantes; las palabras del obispo auxiliar de Hamburgo, Hans-Jochen Jaschke, así lo prueban: “El celibato puede ser un estilo de vida que atraiga a personas que tienen una sexualidad anormal y que son incapaces de incorporar la sexualidad de modo normal en su vida”. [...]

Un caso en el norte de México

Uno de los casos más conocidos de abuso sexual en el medio evangélico fue el de José Manuel Herrera Lerma, pastor de la iglesia Sendero de Luz de la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, de Delicias, Chihuahua, quien en 2014 fue procesado y condenado a 26 años de prisión por abusar de dos niñas de esa comunidad religiosa.

Todo empezó como parte de una experiencia cotidiana de fe en el marco de la vida comunitaria de un grupo evangélico de la corriente neopentecostal. El escenario llegó a extremos inimaginables:

“José Manuel Herrera Lerma fue encontrado culpable por el delito de violación agravada por la manipulación religiosa ligada al fanatismo como causa que impedía a las jóvenes resistir los múltiples actos de violencia que se prolongaron hasta la mayoría de edad”, según las abogadas que llevan el caso de las víctimas, Érika Mendoza García e Irma Villanueva Nájera.

“De acuerdo con las afectadas, hay al menos otras 13 chicas de las que el pastor abusó. Sin embargo, algunas que lograron salir de ese círculo de fanatismo y abuso prefirieron no denunciar, y las que continúan ahí lo defienden.”

Parecía que el caso se orientaría, una vez más, hacia el estilo de la ausencia de denuncias formales por parte de las familias implicadas.

Las prácticas perniciosas del pastor en cuestión se hicieron recurrentes durante alrededor de 10 años y llegaron a un punto en que la indignación ocasionó que el asunto trascendiera hasta el plano legal, que desembocó en la aprehensión y condena del acusado. Herrera Lerma fue detenido en febrero de 2012, un mes después de ser denunciado, por lo que, progresivamente, el caso judicial se fue armando hasta ­desembocar en la sentencia que se dio a conocer dos años después, en julio de 2014.

La condena marcó un auténtico hito en la historia de la presencia evangélica en el país, pues nunca se había logrado algo así a pesar de las múltiples acusaciones internas de que son objeto decenas de pastores y dirigentes, cuyos nombres y acciones se conocen dentro de sus denominaciones, pero que no alcanzan los espacios legales.

Las niñas comenzaron a sufrir el abuso desde que tenían cinco y seis años cuando junto con su madre llegaron a Ciudad Delicias, después de que ésta se divorció por violencia doméstica por parte de su esposo pastor. Lamentablemente, se manejó que Herrera Lerma abusó de otras 13 chicas, quienes optaron por no presentar denuncias. “La psicóloga Socorro López Campos afirma que las niñas fueron instruidas para la sumisión, obediencia y castigo. Y Herrera Lerma utilizó la manipulación y tergiversó textos bíblicos cristianos. Incluso en algún momento se convirtió en la figura paterna de ‘Elena’, su hermana y otras niñas en la misma situación”. Evidentemente este pastor “se aprovechaba de la vulnerabilidad en la que llegaban las mujeres maltratadas y con hijos”.

El procedimiento para exponerlas al abuso era el siguiente: “Había dos etapas de instrucción: la doctrina para niños y las siervas de Dios, donde entraban las adolescentes. Una vez que menstruaban, el pastor les indicaba que iniciarían sus estudios más avanzados. Las niñas se emocionaban al escuchar eso porque ello suponía avanzar un peldaño más en su espiritualidad”. Asimismo, las agredía sexualmente “con el pretexto de que tenía que educarlas, y ellas debían aprender a tratar a un hombre para cuando estuvieran casadas. Siempre manejaba un pacto de silencio con cada una y ni siquiera entre ellas podían decir lo que sucedía cuando estaban con él”.

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