Mi gusto es... (O la otra mirada)

Robachicos...

Miguel Ángel Avilés Castro /    2024-02-10
Publicar en:  

Usted seguramente se acuerda de él. Yo también. Era un personaje, entiendo que solitario, un tanto imaginario, mucho de verdad, pero muy efectivo para que nuestro papá o nuestra mamá lograran su objetivo amenazándonos con que nos llevaría aquel, si no hacíamos tal o cual cosa.

Hablo en singular porque así lo trataban — “te va a llevar un robachicos” “vas a ver, ahí viene el robachicos” pero nunca supe si se trataba de uno solo que recorría toda la República Mexicana para robarse niñ@s malcriados, pues nunca supe que se pudiera llevar a los que se portaban bien o era una banda muy grande tan bien organizada que había una representación o una delegación de robachicos por Estado o por cada entidad federativa o si entre ellos resultaban electos por el principio de mayoría relativa, por el principio de primera minoría o por el principio de representación proporcional y luego hacer sus fechorías en el distrito que ganaran.


Como fuera, lograda la intimidación de nuestros padres, nos quedábamos encerraditos en casa o si llegábamos a salir, lo hacíamos bien ariscos, con la paranoia de toparnos con él cien metros adelante o al doblar la esquina o al regresar de la escuela o al volver de la casa de un amiguito o del retiradito lugar al que no nos habían dado permiso de que fuéramos.

Para mi fortuna, jamás fui víctima de ningún robachicos y tampoco recuerdo que se hubieran llevado a un amigo, amiga, vecina o vecino. Sin embargo, mientras eran peras o manzanas, y paniqueados por culpa del paterfamilia, nunca estuvo de más pegar el revire de vez en cuando, a fin de descartar toda sospecha o, llegado el caso, reaccionar de inmediato si alguien se acercaba con mala intención y darle en la cabeza con la mochila que pesaba como doce kilos o echarle un puño de tierra en los

ojos o aventarle con el raspado de tamarindo que nos veníamos comiendo.

No obstante, si bien los promotores de ese sujeto lo pintaban como lo más indeseable, nadie pudo darnos a conocer algún retrato hablado que nos ayudara a identificar a cualquiera que se pareciera a esos trazos, y por supuesto que ninguno sabia de don Cesarín Lombroso como para tener una referencia sobre los delincuentes natos, pero, de acuerdo al tono clasista de cómo los pintaban , estaba claro que no se parecían al entonces un galán Andrés García o a Ricardo Blume en Mundo de Juguetes, por tanto habría que sacarle la vuelta al que se pareciera al Charro Avitia, a Díaz Ordaz, al ex gober de Puebla Mario Marín, al Cavernario Galindo, a una tía mía o a Fernández Noroña recién levantado.

Pero aunque todo sonaba a mera fantasía y pudiéramos suponer que tus padres y los míos, se mal viajaban echando mano de sus virtudes literarias, creando a esos personajes, esto no era mera ocurrencia ni recomendaciones en el aire, pues ya para entonces, más de un niño o niña , había desaparecido en la colonia o en un abrir y cerrar de ojos ya no le tomaban de la mano al papá y desde ese instante se desconocía su paradero hasta ser encontrado por la policía o para siempre.

Quiero decir que sus consejos no partían de un infundio o de una entelequia para poner en práctica su capacidad creativa. Si bien a menor escala, tanto en época como en región —hablo de los años setenta y de la capital sudcaliforniana— no se estaba exento de los robachicos, un término que, de acuerdo al libro sobre este tema escrito por la doctora Susana Sosenski, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, surgió a principios del siglo XX, en la época porfirista y es alrededor de 1900 cuando la prensa empieza a dar cuenta de esta palabra, la cual es un mexicanismo que también llega a otros países del continente americano.

Según la autora, por esa época, se reportan desapariciones de niños en la Ciudad de México y se revela que están siendo

secuestrados por traficantes de personas que los llevan a trabajar a las haciendas henequeneras en Yucatán. La prensa hablaba de alrededor de 400 infantes que son metidos en camiones y en trenes para transportarlos hasta dicho lugar, acciones que eran del conocimiento de funcionarios del gobierno porfirista.

Si bien era entendible la preocupación de mami y papi y su temor fundado de que alguien o algún escuadrón nos secuestrara y por tanto nos exhortaban a tener cuidado, ya en el terreno de lo social, por un lado se generó cierta exclusión de la infancia de las calles al considerarse que no era segura para esta sino nada más para los adultos y por otro, se crearon estigmas o estereotipos que pudieran considerarse racistas ya que al caracterizar a los miembros de estas bandas, sin tener la certeza de sus dichos, se hablaba de que eran hombres negros, indígenas, chinos e incluso se decía que eran gitanos, causando así una postura de linchamiento o animadversión en contra de quienes llenaran estos requisitos.

Fue a mediados del siglo pasado cuando esta modalidad criminal ocupó más fuerte las páginas de los medios nacionales, cuando un niño de dos años y cuatro meses llamado Fernando Bohigas fue robado de su casa, ubicada en la calle Liverpool de la colonia Juárez de la Ciudad de México. Este caso causó revuelo a nivel nacional gracias a la cobertura mediática, además de informársele en forma directa al presidente Manuel Ávila Camacho y a la propia comitiva de la campaña del candidato presidencial Miguel Alemán Valdés.

Al menor se le rescató, gracias a un trabajo de investigación impecable que ya quisiéramos que esto pasara en la actualidad y los responsables, una pareja de casados que no podían tener hijos, tuvieron que pagar su culpa, no quedando ahí esta noticia ya que con motivo de estos hechos se filmó la película “Ya tengo a mi hijo”.

Esa peligrosa ánima o ese individuo con el que muchas veces nos pudieron asustar y sobre todo su configuración ́ abstracta, impersonal, entre mito y realidad, también de cierta forma

auspiciaba la ignominia del Estado y el tirarse a la hamaca en cuestiones de prevenir y erradicar estos delitos pues entre que no asumía su responsabilidad de perseguirlos en serio, tampoco reconocía que en la planeación y en la comisión de los mismos, los cuerpos policiacos confabulaban junto con la otra delincuencia para que el robo de infantes o el secuestro creciera, goloso, alimentado por la impunidad .

El para qué o con qué fines se lleva a cabo este delito, creo que ahora son más las razones y si antes lo era para pedir rescate o para venderlos o ponerlos a trabajar en campos agrícolas, ahora tenemos que sumar al narcotráfico, la adopción ilegal, la prostitución infantil, la trata de blancas, la pornografía infantil, el reclutamiento en el crimen organizado y más, con el lamentable ingrediente de que la cifra ha aumentado y la franja por edad ni se diga, salvo que se quiera culpar de dramatismo a las redes sociales en las cuáles, a diario, podemos ver los anuncios de búsqueda o de levantamiento de la alerta Ámber ya no sólo de niños y niñas, sino de adolescentes y mayores de edad no sin noticias informando que la víctima fue encontrada muerta.

Es una realidad alarmante que ha estado en constante aumento, generando preocupación tanto en lo nacional como internacional y las cifras muestran una tendencia que no vale ya procrastinar sino que tiene abordarse de manera urgente.

Los propios datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública hasta agosto de 2023, se han reportado 52 casos de secuestros de menores en el país. Estas cifras son amenazadoras, ya que constituyen un aumento significativo en comparación con años anteriores de acuerdo a la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).

En particular, los cuatro delitos contra niñas, niños y adolescentes que han incrementado en el país entre 2022 y 2023 (cifras de enero a agosto de cada año) es la extorsión (de 189 a 197, un incremento de 4.2%), lesiones (de 11,383 a 13,330: un incremento de 17.1%), Secuestro (de 35 a 52: un incremento de 48.6%) y Tráfico de “menores” (de 3 a 4).

Esto no únicamente representa una amenaza grave para la seguridad y el bienestar de la juventud mexicana, sino que también tiene un impacto profundo en sus familias y comunidades. Es fundamental que las autoridades tomen medidas efectivas para prevenir y abordar esta problemática de manera decidida.

No olvidemos que el Estado mexicano, sea cualquiera el sexenio o sean cualquiera las cifras partidistas que gobiernan, tiene la responsabilidad de garantizar la protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes, de acuerdo con los compromisos internacionales asumidos, como la Convención de los Derechos del Niño. Esta convención establece claramente que se deben tomar todas las medidas necesarias para prevenir “el secuestro, la venta o la trata de niños para cualquier fin o en cualquier forma.

Además, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establece que las autoridades deben colaborar en la localización de menores que hayan sido sustraídos, trasladados o retenidos ilegalmente.

Por leyes no quedamos y por discursos de buena voluntad tampoco. Pero el tema es tan grave, que ya no podemos dejarlo en manos de una sola persona, o de la confianza en una estampita o de la indiferencia o de un inútil aguacero de esperanza.

Opiniones sobre ésta nota
Envía tus comentarios