Sin Medias Tintas

La pedagogía del equis-equis-i.

Omar Alí López /    2026-03-10
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Vivimos una revolución educativa.

Y no cualquier revolución, sino una que promete corregir siglos de desigualdad, descolonizar el conocimiento y liberar a los estudiantes del pesado fardo de aprender cosas tan innecesarias como fechas, tablas de multiplicar o números romanos.

Todos sabemos que la llamada Nueva Escuela Mexicana, impulsada desde la SEP, es uno de los pilares culturales de la transformación.

Y los resultados empiezan a notarse.

Hace poco, por ejemplo, un estudiante de la carrera de Derecho leía un texto legal en voz alta. Llegó a la parte donde se citaba “la fracción XXI” de un artículo. El joven, con admirable disciplina fonética, pronunció solemnemente: “Fracción equis-equis-i”.

No hubo risas. No hubo correcciones. Nadie pareció sorprendido.

Quizá porque en este México transformado ese tipo de detalles ya no llaman demasiado la atención.

Algo parecido ocurre cuando alguien pasa frente a una tienda OXXO y, leyendo el letrero, pronuncia cuidadosamente: “O, por, por, o”. (Esto me lo contó el maestro Carlos Moncada).

No es un error. Es lectura literal.

Durante décadas, el viejo sistema educativo insistía en cosas tan anticuadas como aprender numeración romana, memorizar fechas históricas o dominar operaciones matemáticas básicas. Aquello se consideraba parte de la formación elemental de cualquier ciudadano.

Hoy sabemos que ese enfoque era demasiado rígido.

La nueva pedagogía es más flexible.

Los nuevos libros de texto han sido diseñados —según sus autores— para liberar a los estudiantes de la tiranía del conocimiento estructurado. Algunos críticos, siempre nostálgicos del pasado, han señalado errores, mapas confusos, orden incorrecto de los planetas del Sistema Solar o debilidades en matemáticas. Pero las autoridades educativas han respondido con la fórmula elegante —ya clásica— de que no son errores, sino “áreas de oportunidad”.

Y, por lo que se ve, oportunidades hay muchas.

La OCDE nos recuerda que México se encuentra en el último lugar de inversión por alumno. Pero eso tampoco debería alarmarnos demasiado. Después de todo, una educación austera es perfectamente coherente con la austeridad republicana.

Menos recursos, menos contenidos. Menos contenidos, menos complicaciones pedagógicas. La ecuación es simple.

Y los resultados empiezan a verse.

Hace poco, durante la discusión de un proyecto legislativo en la Cámara de Diputados, un legislador reconoció abiertamente que no sabía leer correctamente los números romanos al revisar una fracción de un artículo. El momento, naturalmente, se volvió viral.

Pero tampoco debería sorprendernos. Si los estudiantes dicen “equis-equis-i”, lo natural es que con el tiempo algunos diputados también lo digan.



La educación siempre termina reflejándose en la política… Y, a veces, también en la justicia.

Ya son célebres varias intervenciones de la ministra Lenia Batres, cuya curva de aprendizaje parece no terminar y cuyas argumentaciones han provocado discusiones sobre el nivel técnico del debate jurídico.

No es un tema menor si se considera que esas discusiones ocurren en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, donde las deliberaciones deberían ser ejercicios rigurosos de interpretación constitucional.

Sin embargo, algunos debates han dejado la impresión de que el nivel argumentativo es, por momentos, más político —o vengativo— que estrictamente jurídico.

Quizá estamos viendo el nacimiento de un nuevo modelo deliberativo. Uno más sencillo. Más directo. Y, sobre todo, más accesible.

Después de todo, si el sistema educativo forma ciudadanos bajo ciertos estándares, esos mismos ciudadanos eventualmente llegarán a las universidades, a los congresos y a los tribunales.

La pedagogía siempre termina alcanzando a las instituciones.

Los críticos dirán que el problema es serio. Que las deficiencias en matemáticas y comprensión lectora terminan afectando la formación profesional; que un país no puede aspirar a la innovación científica si sus estudiantes tropiezan con conocimientos elementales; o que el deterioro educativo se refleja inevitablemente en la calidad del debate público.

Pero esas son preocupaciones del viejo régimen pedagógico.

La nueva época exige nuevas prioridades.

Hoy lo importante no es que un estudiante, un diputado o un ministro identifique correctamente el número XXI. Lo importante es que tenga conciencia social mientras lo pronuncia.

Así que si algún día escucha a un futuro abogado leer solemnemente “fracción equis-equis-i”, no lo juzgue con demasiada dureza. Tal vez no sea ignorancia. Tal vez sea simplemente el resultado natural de la pedagogía de la transformación.

Y quién sabe. Tal vez dentro de algunos años el problema ya no sea cómo se pronuncia el XXI, sino quién todavía se atreve a decir “veintiuno”.

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