Mi gusto es… (o la otra mirada)
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“Acá entre nos… Rascón es Dios” de Rodolfo Rascón Valencia
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Hay libros que se presentan con solemnidad. Otros se presentan con entusiasmo. Y algunos —muy pocos— se presentan con una sonrisa que el lector todavía no sabe que está a punto de soltar.
El libro que hoy nos reúne pertenece claramente a esta última categoría.
Porque “Acá entre nos… Rascón es Dios”, de Rodolfo Rascón Valencia, no llega al lector como un tratado filosófico ni como una novela monumental que aspire a explicarlo todo. Llega más bien como llegan las buenas conversaciones: con naturalidad, con picardía y con esa sensación de que alguien está a punto de contarnos algo que vale la pena escuchar. Y ese “alguien”, en este caso, es un narrador que observa el mundo con una mezcla muy particular de curiosidad, humor y cierta incredulidad ante las cosas que solemos dar por normales.
Si algo tiene este libro es mirada. La mirada de quien entiende que la vida —sobre todo la vida cotidiana— está llena de detalles que normalmente pasamos por alto. La mirada de quien sabe que la existencia puede ser profundamente seria… pero también profundamente absurda. Y entre esos dos extremos se mueve la escribidera de Rascón.
Hay autores que se toman demasiado en serio. Hay otros que no se toman en serio absolutamente nada. Hay otros mas neutrales que tratando de ser solemnes se ponen muy serios, ignorando, por supuesto, lo que un día versificó Leduc con: “La solemnidad, es la aparente seriedad de los pendejos”.
El mérito de este libro está en encontrar un punto intermedio: la ironía inteligente. Esa que no ridiculiza, pero tampoco se resigna a aceptar lo que observa sin hacerle algunas preguntas incómodas. La fingida inocencia de una voz rural, muy propia en la tradición oral pero llevada esta vez al texto en donde Rascón da un giro y juega a ser dios: así, desde su propia génesis deja caer historias para poblar el mundo pero, a diferencia de ciertos líderes muy terrenales que también se creen dioses —con ayuda de sus feligreses—, él, al menos, lo hace con gracia y conciencia de que es un juego.
Son 17 estaciones de la creación, o piezas que a veces parecen anécdotas, reflexiones, que permiten que la imaginación haga lo que mejor sabe hacer: salirse un poco del guion de la realidad y eso es, quizá, lo más interesante de este libro. El lector entonces descubre rápidamente que el título no es solo una broma. Es también una declaración de estilo y una invitación a echarle un vistazo al mundo de otra manera.
Para quienes han leído la obra de Rodolfo, en particular aquella que recopila lo histórico con rigor, quizá les parezca estar leyendo a otro autor. Para quienes lo vemos casi a diario en los alrededores del mercado municipal o conversamos con él, entreverando con tazas de café, voces de trovadores callejeros y platicas multitemáticas, sabemos que lo que ahora nos ofrece es su otro uso del habla, un alter ego no tan escondido que lo versatiliza como escritor ya consagrado.
Dicho de otra forma, atendiendo al marco narrativo o a la cosmología literaria en que se sitúa este libro, el autor nos ofrenda una extensa oración antes de su arresto en el huerto de Getsemaní y comparte el resto de sus enseñanzas a nosotros los lectores, que nos ve como sus discípulos, como lo hizo el altísimo con sus discursos desde el Monte de los Olivos, por más que en su caso haya sido en un sueño al echarse a correr hacia el cerro de la campana por temor a que una horda de fanáticos lo fueran a crucificar.
Digo también que “Acá entre nos” es una expresión profundamente musical, no porque me evoque a Martín Urrieta y de paso al género regional mexicano que tanto le gusta al Todopoderoso aquí presente. Mas bien porque se usa cuando alguien está a punto de decir algo con confianza, con complicidad, casi en voz baja, como quien comparte un secreto.
Para fortuna el autor no se coloca en un pedestal literario ni habla desde lo ceremonial como quien quiere evangelizar con su narrativa. Por el contrario, habla digamos desde una mesa como quien departe en un corredor apuntalado con horcones, en el rancho de sus orígenes, a un ladito de la tinaja y un zarzo donde reposan dos quesos que aún gotean suero, mientras abajo, un perro chivero se da el festín junto a cuatro moscas que zumban en su cabeza.
De pronto levanta ligeramente una ceja y pide:“Déjame contarte algo…”
Y entonces el lector entra en ese terruño donde la lógica cotidiana se vuelve flexible, y donde el humor funciona como una herramienta para observar lo profano desde otro ángulo.
Porque el humor —cuando está bien utilizado— no es superficial. Solo que para reírse del mundo implica haberlo entendido primero. Y en ese sentido, el libro de Rodolfo Rascón Valencia demuestra algo importante: que la literatura también puede ser lúdica sin dejar de ser literatura ni se vuelve un género menor.
Este libro recuerda que la imaginación también es una forma de pensamiento. Que una ocurrencia puede contener una verdad. Es como afirmar, irrebatiblemente que “transformar” no es lo mismo que “trastornar”, salvo que el creador, es decir, Rodolfo Rascón, jure que son sinónimos como lo insinúa, casi lo afirma en la hoja 85.
Y es que él tiene muy claro que una sonrisa puede ser, en ocasiones, una forma elegante de expresar la crítica y es más contundente que una marcha o un desplegado, pero hasta esta forma de contar exige precisión y por tanto, no es fácil. Requiere oído para el lenguaje y una sensibilidad especial para saber hasta dónde llevar la broma y cuándo detenerla.
En estos textos se percibe una escritura que avanza con ligereza, pero no con descuido. Detrás de esa aparente facilidad hay oficio. Y ese oficio se nota en algo fundamental: la voz del autor es reconocible. No intenta parecerse a nadie. Aunque otros crean que sí. No busca imitar estilos ajenos, aunque un renglón resulte evocativo.
Es una voz que se permite jugar, exagerar un poco, reírse de lo improbable y, de paso, recordarnos que el entorno —cuando se mira con suficiente imaginación— puede ser mucho más interesante de lo que creemos.
Así que hoy, al presentar “Acá entre nos… Rascón es Dios”, quizá lo más adecuado no sea describirlo con solemnidad académica ni con análisis demasiado técnico, porque el libro tiene una licencia que nadie se la dio y es para exagerar, para bromear y para llevar a la duda más de una certeza que no lo son tanto. En esta obra se puso en libertad al humor y cuando está bien trabajado, no trivializa las cosas; al contrario, las revela desde otro ángulo. En fin, si después de leer este libro alguien todavía duda de que Rascón es Dios… bueno, siempre le quedará el consuelo de pensar que, al menos, ya tiene asegurado un apóstol más: me refiero al creyente que se atreva a leer estas sagradas escrituras


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