Mi gusto es... (O la otra mirada)
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Unidos Vencerán
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Hay causas que nacen con dignidad y dirigencias que aprenden rápido a vivir de ella.
Algunas incluso logran algo más sofisticado: administrarla, dosificarla y, llegado el momento, rentabilizarla; también arremeter contra ella décadas después si así lo exigen los tiempos, la conveniencia, la traición o la oficina refrigerada que ahora ocupan quienes ayer activistas eran y ahora ni sombra son.
Defender los derechos laborales no solo es legítimo, es necesario. El sindicalismo —ese que incomoda al poder y equilibra abusos— ha sido históricamente un avío muy noble. Muchas de las condiciones que hoy se dan por sentadas nacieron de luchas incómodas, de paros, de huelgas, de voces que no aceptaron el “así ha sido siempre”.
Quien haya pasado por la vida universitaria recordará con claridad esos momentos en los que la solidaridad no era discurso, sino acción: marchas bajo el sol, asambleas interminables, consignas repetidas hasta volverse convicción.
Y sí, tampoco se olvida esa sensación —hoy casi romántica— de que se estaba del lado correcto de la historia.
Todo bien hasta aquí. O casi. Porque aquello de que “Unidos vencerán los aguiluchos del valor, y unidos han de estar esas falanges del honor” hoy es, para amplios sectores de trabajadores y académicos, apenas un recuerdo. El dogma vive… la lucha sigue, pero ahora es de todos contra todos.
La fuerza estaba en la unidad, en lo genuino de la causa, no en la tentación de torcer bandera y servir a la fuerza opuesta. Entonces el ideal deja de ser para todos a la par que el poder se vuelve hereditario o, peor aún, discreto pero omnipresente.
Es ahí cuando el sindicato deja de ser trinchera para convertirse en feudo. Cuando la defensa de derechos muta —con elegancia digna de cátedra— en la defensa de privilegios cuidadosamente administrados: reglas flexibles para los cercanos y rigor casi heroico para los demás.
Hablo del pasado, claro, pero el déjà vu no deja de dar lata.
Y es que una cosa es respaldar la lucha sindical, y otra muy distinta es aplaudir sin cuestionar a dirigencias que parecen haber encontrado en la representación gremial una cómoda forma de permanencia: no al servicio de todos, sino de unos cuantos; no como voz de los agremiados, sino como eco —y a veces ni eso— de decisiones que nunca parecen originarse en la base.
De igual manera, una cosa es ejercer la crítica —esa que no se practicaba como autocrítica cuando eran amos y señores intramuros universitarios— y otra muy distinta es arremeter contra lo que un día fue trinchera y de pronto se le ve como un incómodo enemigo. Claro, sigo hablando del pasado. Pero tampoco se olvida: no es lo mismo, pero es igual.
Dirigencias que pedían obediencia de las masas con tal de que el triunfo de la izquierda allá afuera estuviera a la vuelta de la esquina y arribar, por fin, a esa cumbre que tanto desdeñaron. Ahora, al menos en uno de los sindicatos, esas dirigencias se volvieron muy sui géneris: está el líder legalmente votado —con escasas apariciones— y a su lado una especie de líder sombra —o que le hace sombra— que brinda acompañamiento individualizado al primero.
No figura en organigramas, no compite en elecciones, no rinde informes, no firma comunicados… pero tampoco se mueve una hoja sin su amable —y aparentemente indispensable— visto bueno. Una especie de “poder tras el trono”, que comenzó con un espíritu crítico que señalaba con precisión quirúrgica los vicios sindicales de antaño.
Pequeñeces de la vida sindical: con el tiempo, ese espíritu crítico no desapareció, camarada, solo cambió de dirección. De observador incómodo a eje silencioso. De inconforme a imprescindible. De quien cuestionaba al que ahora, sin reflectores, pero con eficacia, termina decidiendo qué avanza, qué se detiene y qué, simplemente, nunca ocurre.
No por imposición abierta, claro, sino por esa forma mucho más refinada de poder: la aprobación tácita sin la cual nada prospera. Una suerte de “democracia con filtro”, donde el voto existe, pero el visto bueno decide.
Hago una pausa y les informo que ahí viene el sindicato de maestros con posible estallido y está en su derecho, pese a todo. Por su parte, el Sindicato de trabajadores en paro aun sigue con litigio alterno pues su comité general se encuentra impugnado por uno de sus contendientes, en anterior elección.
Sigo: ¿cómo pedir respaldo social cuando se percibe que no hay reciprocidad? Profesores que desaparecen medio semestre, evaluaciones que “se olvidan” aplicar, acusaciones graves que encuentran silencio administrativo, plazas que parecen asignarse por afinidad más que por mérito verificable.
Todo eso no solo erosiona la institución, también debilita la causa sindical que dicen defender desde dentro.
La ironía es brutal: quienes deberían encabezar la autoridad moral de la lucha terminan minándola. Se exige respeto mientras se normaliza la excepción. Se demanda justicia mientras se tolera la inequidad interna.
Antes, el adversario era inconfundible. Ahora también, pero lo cargan en hombros aquellos reyes del radicalismo ochentero que ahora, creyendo que su lucha triunfó, se conformaron con ser plebeyos. Y no, señalar esto no es atentar contra el contrato colectivo ni contra lo que fuimos. Es, más bien, contra la hipocresía.
Porque bajo ese argumento, cualquier crítica se vuelve sospechosa, cualquier cuestionamiento se interpreta como traición y cualquier intento de mejora se etiqueta como amenaza. Un mecanismo eficaz: si todo cuestionamiento es piedra en el zapato, entonces ya no hay necesidad de responder a ninguno.
Claro, tampoco sería justo cargar toda la responsabilidad en las dirigencias actuales, como si los vicios hubieran brotado por generación espontánea. Porque aquí hay otra figura: la de quienes hoy se presentan como jueces, pero que en su momento habitaron —y en no pocos casos, aprovecharon— esas prácticas.
Sí, esos que, de la noche a la mañana, cambiaron el churro de mostaza por un puro habanero y se pusieron a leer como catecismo los ordenamientos de una cartilla, haciéndose a la idea que leen El Capital. No todos, desde luego, pero sí los suficientes.
Y es que, por más institucional que uno quiera ser, resulta difícil no advertir cierta mutación: de activistas combativos a comentaristas implacables; de defensores de una universidad “crítica, democrática y popular” a críticos de ese mismo ideario cuando deja de servirles o de incluirlos.
Más que evolución, parece ajuste de cuentas con el propio pasado.
Porque hay algo profundamente humano —y también profundamente incómodo— en denunciar los abusos del poder… siempre que no sean los que uno mismo toleró o incluso disfrutó.
Que me perdone Lenin, pero exigir congruencia no es traición; es la única forma de preservar la legitimidad y la dignidad.
Pero bueno, si algo necesita hoy el sindicalismo —más que anacronismos ideológicos, más que marchas coreografiadas, más que discursos que apelan a viejas épicas— es coherencia. La misma energía que se invierte en exigir derechos debería invertirse en honrar obligaciones.
El respaldo social no se decreta: se construye.
Se construye cuando hay reciprocidad, cuando el compromiso no es selectivo, cuando la defensa es genuinamente colectiva. Y se pierde cuando la excepción se vuelve norma, cuando el silencio se vuelve política.
Y en medio de todo eso queda la causa original. Esa que sigue siendo válida. Esa que merece ser defendida.
Porque al final hay una verdad incómoda: la autoridad moral no se decreta, no se hereda y no se negocia. Se ejerce. Y cuando no está, se nota.
No deja de ser llamativo que muchas de estas prácticas ya huelan más a museo que a movimiento. En no pocos sindicatos, esos vicios han sido sustituidos por modelos donde la transparencia, la rendición de cuentas y la rotación real de liderazgos son reglas básicas.
Quizá por ahí vaya la ruta: un sindicalismo que no tema auditarse a sí mismo, que mida resultados y no solo intenciones, que profesionalice su representación. Menos liturgia, más resultados. Menos control, más confianza. Menos pasado… y más futuro.
En el paisaje sindical abundan también esos personajes que se asumen “neutrales”, aunque su neutralidad sea una forma de supervivencia. Antes marchaban, gritaban, señalaban —no fuera a castigarlos Karl Marx desde algún rincón ideológico—.
Hoy esos mismos se han quedado suspendidos: ni regresan a la crítica abierta ni avanzan con decisión. Ahogados entre lo que antes gritaban y lo que ahora deben callar, obligados a defender lo que combatían.
Y ahí están, partidos en dos, entre segunda y primera en un tira y tira entre su pasado y su presente, queriendo sumarse al paro como el alcoholico que quiere volver a beber y retrocede porque afuera hubo un sufragio que lo ató a un compromiso. No por evolución ideológica profunda, sino por conveniencia.
Hasta aquí les dejo esta carta a medias, que alguien repartió como volante durante ese pasado que les digo y que, curiosamente, se me había extraviado.


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