LA REPÚBLICA POPULAR DE LA JUSTICIA LABORAL

Miguel Ángel Avilés Castro /    2026-05-16
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Para fortuna esto aun no ocurre en México.

Fue en la República Popular de la Justicia Laboral —nombre adoptado después de décadas de heroicas luchas sociales y no pocos murales con puños levantados— finalmente se está consiguiendo aquello que durante generaciones parecía imposible: convencer a los trabajadores de que sus derechos eran privilegios vergonzosos.

La hazaña no fue sencilla.Durante años, los viejos gobiernos conservadores habían intentado disminuir ciertas protecciones laborales, pero siempre encontraban resistencia de sindicatos, marchas, colectivos estudiantiles, poetas con megáfono, huelgas de hambre, pintas, cierre de calles, parodias, consignas, gritos ensordecedores y señores de barba solemne que gritaban “¡ni un derecho menos!” mientras levantaban el puño con la misma mano con la que sostenían el cigarro, fabricado momentos antes con paciencia y salivita. 

Había límites morales.

Incluso los gobiernos más inclinados hacia el capital procuraban guardar ciertas apariencias porque había una Revolución de principios del siglo XX de por medio que le causaba culpa si la desobedecían por ese gran temor de que se les pudiera secar la mano, sin aclararse si la izquierda o la derecha.Sabían que tocar frontalmente conquistas históricas podía incendiar plazas, universidades y sindicatos. Por eso avanzaban lento, casi con algún remordimiento, como ladrón que entra descalzo a casa ajena, pero en su propio barrio.

No tenia caso despertar a la bestia .

Pero entonces ocurrió el milagro político. Llegó la alternancia. No las de las botas, sino la buena, por la que se luchó y se expuso la vida. La libertad y el todo por el todo, que caray .Junto con ella llegó una camada de dirigentes que durante décadas juraron defender al trabajador o mas bien al proletariado “hasta las últimas consecuencias”, expresión que, según descubrió con el tiempo la población, significaba exactamente lo contrario de lo que parecía o como eran las últimas, les daba hueva y nunca llegaban.

Fue entonces cuando comenzó la verdadera modernización. Como fregados que no. Primero desapareció la vieja y absurda idea de que una persona debía tener estabilidad en el empleo. Aquello era una reliquia romántica del siglo pasado. El nuevo modelo entendió que el trabajador moderno no necesitaba certeza, sino adrenalina. Así , desde el 2012, nacieron , legalmente, las contrataciones “a prueba”.

Corrijo: así exhumaron las contrataciones a prueba, esas que la suprema corte, no esta, si no la otra, la satanizada, por largos años consideró ilegal.Una fórmula extraordinaria mediante la cual el empleado podía trabajar, obedecer, producir y desgastarse durante meses mientras el patrón meditaba serenamente si aquel individuo merecía el privilegio de comer el siguiente trimestre.La innovación fue celebrada como una victoria popular.

Los antiguos líderes obreros explicaron en televisión que la precariedad era, en realidad, flexibilidad revolucionaria. El desempleo ya no sería desempleo. Ahora se llamaría movilidad dinámica del talento o lo que es lo mismo: agárrense quien pueda.Y el miedo a ser despedido se transformó oficialmente en cultura del esfuerzo.Más adelante, algunos juristas nostálgicos recordaron que antiguamente despedir a un trabajador requería ciertas formalidades rigurosas. 

El patrón debía acreditar causas hechos, cumplir procedimientos, sostener cargas probatorias y respetar requisitos que, aunque incómodos, buscaban impedir arbitrariedades.Antiguamente, por ejemplo, existía la pintoresca ocurrencia de que el patrón debía explicar con precisión- “claramente” rezaba el articulo- por qué despedía a alguien. No bastaba gruñir “ya no te ocupamos” mientras Recursos Humanos observaba el horizonte con tristeza corporativa.

Había fechas, causas específicas, requisitos y hasta un procedimiento paraprocesal ante la autoridad laboral cuando el aviso no podía entregarse personalmente. Un ritual excesivo, según descubrieron después los nuevos apóstoles de la modernización. Si el patrón omitía esas formalidades, el despido podía considerarse injustificado. Mejor córralo a la brava y ruegue a dios que no demande Una barbaridad jurídica. Prácticamente se obligaba al empleador a demostrar lo que hacía. El viejo derecho laboral todavía conservaba aquella sospechosa costumbre de desconfiar un poco del poderoso. Pero las reformas posteriores fueron corrigiendo semejante desequilibrio histórico.

Poco a poco se flexibilizaron cargas, se suavizaron consecuencias y se redujo el antiguo rigor procesal, porque ningún país puede aspirar al desarrollo mientras un empresario viva bajo la amenaza de llenar correctamente un formato o dejar en manos de su abogado a que fuera tras el despedido en turno y cumplir a pie juntillas con lo que la ley mandataba. Eran los años cuando la ley era la ley y nadie reprochaba porque así fuese 
 
La nueva doctrina entendió que exigir demasiadas formalidades al patrón podía afectar gravemente la inversión, la productividad y, posiblemente, hasta el clima. También lo afectaría a él y no dejaría de pensar en un adverbio, una coma, un artículo, al tiempo que se tiraba de pansa en la arena de Cancún o de Acapulco.

Desde 1980, el aviso de rescisión del artículo 47 dio origen al paraprocesal como vía necesaria de notificación; tras una etapa de rigidez jurisprudencial, la reforma de 2012 lo flexibilizó, y con la de 2019 perdió su carácter esencial al permitirse justificar el despido sin aviso, quedando hoy como una figura prácticamente residual.Así, lo que antes era un despido posiblemente inválido comenzó a convertirse en simples “áreas de oportunidad administrativa”.Y donde antes el trabajador todavía encontraba márgenes de defensa jurídica, ahora podía admirar la eficiencia de un sistema cada vez más comprensivo con las angustias patronales. Pero semejantes obstáculos pertenecían a una época salvaje donde todavía se creía que el derecho laboral debía proteger al débil frente al poderoso.

Por fortuna, el nuevo humanismo administrativo corrigió aquellas exageraciones.Las reformas posteriores simplificaron muchas de esas exigencias porque, como explicaban los expertos oficiales, era importante “despresurizar los costos de terminación productiva”. El pueblo celebró sin entender absolutamente nada.

Poco antes vino el refinamiento de las utilidades. Durante décadas, los trabajadores habían participado de las ganancias empresariales bajo la extravagante teoría de que quienes producen riqueza merecen compartir parte de ella. Afortunadamente, aquello también fue corregido. Se establecieron topes. No en la calle, sino en ese reparto. Porque si algo amenaza la estabilidad económica de una nación es que el trabajador imagine, aunque sea por unos días, que el esfuerzo podría beneficiarlo de manera tangible. La medida fue presentada como combate a los excesos.

Nadie explicó exactamente cuáles excesos cometía un obrero que recibía dinero suficiente para cambiar el refrigerador después de quince años, pero la propaganda fue eficiente y eso bastó. El país había madurado. La vieja lucha de clases ahora consistía en convencer al asalariado de que cobrar menos era un acto de responsabilidad histórica.

Sin embargo, la obra maestra llegó con las pensiones. Durante décadas, millones de habitantes crecieron creyendo ingenuamente que después de trabajar toda una vida tendrían derecho a descansar con cierta dignidad material. Algunos incluso fantaseaban con comer tres veces al día durante la vejez.
El nuevo pensamiento social desmontó esa peligrosa ilusión. Expertos actuariales, economistas televisivos y revolucionarios de escritorio explicaron pacientemente que vivir demasiado tiempo se había convertido en una amenaza presupuestaria.

Había ancianos empeñados en seguir existiendo. Y eso, evidentemente, afectaba las finanzas nacionales. Así comenzó la pedagogía del retiro austero. Las pensiones reducidas dejaron de verse como pérdida de derechos y pasaron a entenderse como oportunidades de envejecimiento resiliente o empatía o consideración al progreso nacional.

El anciano o los aun adultos mayores ya no debía aspirar a descansar. Debía reinventarse. Volverse emprendedor. Vender postres por internet, hacer cundinas, traer ropa de Moroleón o apostarle a la minita que puede significar un carro de hot dog- ya ven que también le fue al otrora jovencito Malora Acosta- y de este modo a completarse otra vez la cantidad toral que le llegaba de pensión hasta antes de la gran reforma estructural en favor de un país sin privilegios y sin mañana 

Todo por el bien de la transformación social y quien no lo entienda es un apóstata, un hereje, un renegado, un iconoclasta, un díscolo que merece ser quemado con leña verde, nomas para que el humo lo haga llorar. Lo extraordinario fue que muchas de estas reformas no fueron impulsadas por los viejos enemigos históricos del obrero, sino por los herederos políticos de quienes antes marchaban denunciando injusticias laborales. Los mismos. Exactamente los mismos. Aquellos que en otro tiempo incendiaban plazas por mucho menos ahora explicaban, con admirable disciplina ideológica, que reducir derechos era necesario para proteger al pueblo.

Y el pueblo, agotado, dividido o confundido, terminó aceptando algo que décadas atrás habría provocado estallidos nacionales.Algunos incluso defendían las reformas con fervor religioso. Decían que quien cuestionara aquellas medidas era conservador, enemigo del progreso o traidor a la  patria, a la matria y a todo.Pedir estabilidad laboral comenzó a parecer egoísta. Exigir una pensión digna sonaba sospechoso. Y reclamar derechos adquiridos se convirtió en una forma vulgar de nostalgia reaccionaria.

Actualmente, en la República Popular de la Justicia Laboral, existe incluso un pequeño museo dedicado a las antiguas garantías obreras.Los niños observan detrás del vidrio objetos extraños de otra época: indemnizaciones completas, jubilaciones suficientes, reparto amplio de utilidades, contratos estables, despidos difíciles de justificar.

Los maestros explican que aquellos privilegios fueron insostenibles y pusieron en peligro el desarrollo del país, ese que durante años estuvo al borde del colapso porque algunos trabajadores todavía aspiraban a conservar el empleo después de enfermarse, envejecer o exigir prestaciones.

Los visitantes guardan silencio. Algunos ancianos lloran discretamente. Pero no por tristeza. Sino por gratitud. Porque finalmente triunfó la revolución. Y gracias a ella, el trabajador quedó liberado de casi todos los derechos que tanto lo oprimían.

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