Sin Medias Tintas
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El mejor analgésico
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Dicen que el futbol es el opio del pueblo. Lo dijeron antes que yo, y con más elegancia. Pero hay que reconocerle algo al oficialismo: cuando se trata de recetar ese opio, ahí sí tienen una farmacia de primer mundo.
El Mundial de Futbol 2026 llegó —o más bien fue convocado— en el momento más oportuno de la historia reciente de este país. No porque México merezca la fiesta, que claro que la merece; el pueblo sí. Sino porque al gobierno le cayó como anillo al dedo; una cortina de humo con balón incluido.
Mientras las gradas del Estadio Azteca —que me perdone Bonorte— retumban y los colores verde, blanco y rojo adornan cada esquina de la república, hay cosas que siguen ahí, tercas e inconvenientes, esperando que alguien las voltee a ver. Están los 120 mil desaparecidos —cifra que el oficialismo niega con la misma facilidad con que la ONU la confirma—; están los alcaldes asesinados frente a su gente, como Carlos Manzo en Uruapan, sepultado entre flores y discursos que no resuelven nada; está la inflación que golpea el carrito del súper; está el sistema de salud que sigue sin medicamentos; está el peso que bailotea; y está la inseguridad que no se fue con ningún abrazo.
Pero hoy hay partido. Y cuando hay partido, nada de eso existe.
No se trata de un complot de película. La transformación no inventó el futbol ni organizó sola este evento. Lo que sí ha hecho, con una habilidad que hay que reconocerle aunque duela, es montar el espectáculo con maestría de circo. La presidente con el pueblo y uno que otro funcionario en el podio con los logotipos detrás. La maquinaria de la narrativa oficial trabaja horas extra cuando hay cámaras y cánticos.
Hay una vieja fórmula romana: panem et circenses. Pan y circo. No hace falta traducirla porque la vivimos. Cuando el pan escasea o se encarece, el circo debe ser más grande, y no hay circo más grande en el mundo que un Mundial de Futbol.
Lo más triste no es que el gobierno aproveche el evento. Eso lo hacen todos, en todas partes, de todos los colores. Lo más triste es que funciona. Que millones de personas —con todo el derecho del mundo de disfrutar el futbol, no se malentienda— apagan por un mes la señal de alarma que deberían tener encendida permanentemente. Que la conversación nacional migra del registro de desaparecidos al marcador del partido. Que los ‘trending topics’ ya no son las madres buscadoras sino los goles que celebramos como si fueran victorias del país, cuando el país sigue perdiendo en otras canchas donde nadie pita.
Y la transformación, esa que prometió cambiar todo desde la raíz, observa el fenómeno con la satisfacción discreta del tahúr que sabía cómo iba a salir la mano.
No digo que no hay que ver el Mundial. ¡Véanlo, disfrútenlo! El futbol es genuino, la emoción es real, y los jugadores no tienen la culpa de nada. Pero entre gol y gol, entre himno e himno, vale la pena recordar que los problemas no descansan por tiempo reglamentario, que no hay prórroga para exigir cuentas, y que el marcador que más importa no aparece en ningún tablero de estadio.
Porque cuando el último silbatazo suene y los reflectores se apaguen, México seguirá siendo el mismo país de antes del torneo. Con los mismos muertos sin justicia, con las mismas madres buscando, con la misma danza de millones que nadie explica, y con la misma transformación que ya se factura pero que todavía nadie ha cobrado del todo.
El mejor analgésico del mundo dura 90 minutos. El dolor, desgraciadamente, dura mucho más.


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