La 4T, el Maloro y el regreso de los muertos ¿vivientes?
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Aprovechando que ya toda la banda está haciendo maletas para partir rumbo a alguna paradisiaca playa de Caribe, las remotas y más altas montañas nevadas en los Alpes suizos o las apacibles sombras de un mezquite en Topahue, descartando destinos en EEUU a menos que sean de los que aún no les han retirado la visa, aprovecharemos el gozoso ocio de los días que vienen para poner a consideración de esa vocación analítica que no sabe de asuetos, algunos numeritos a propósito de la próxima coyuntura electoral en Sonora.
Adelanto que lo aquí expuesto no tiene un carácter inobjetable; al contrario, está sujeto al escrutinio y la lectura de la realidad que el vacacional lector, la viajera lectora tengan.
Peo no me dejarán mentir: en las últimas semanas hemos visto la reaparición de personajes que pensábamos ya en el retiro, o que al menos mantenían perfiles bajos y que, sin embargo, han emergido en la escena ocupando espacios mediáticos con inusual frecuencia.
No es propiamente el regreso de los muertos vivientes, sino el pase de lista de políticos y políticas que olfateando el aroma de las boletas electorales cayendo en las urnas, vuelven para fijar posiciones, plantear escenarios, apelar a mecanismos de participación; para cuestionar lo que desde su perspectiva está mal, lo que está bien y lo que podría mejorar.
Ya abordamos en un despacho anterior el activismo desplegado últimamente por los exgobernadores Eduardo Bours, Guillermo Padrés y Manlio Fabio Beltrones. Quien más, quien menos, con claroscuros de los que la memoriosa lectora, el nada olvidadizo lector recordarán, para bien o para mal, pero no es el objetivo de esta columna hacer el balance respectivo.
Pero sirva la referencia para detenernos un poco en otro personaje que ha dado de qué hablar en estos días, porque reapareció primero como coordinador electoral del PVEM en la primera circunscripción federal, y luego como dirigente estatal de ese partido, aliado de Morena, en cuya mesa política ocupará un lugar a la hora de tomar decisiones en el bloque hegemónico.
Lo escuché ayer en la entrevista que le hizo la colega y amiga Michelle Rivera para Radio Fórmula, me sorprendió la facilidad con que el ex alcalde priista articula ya la narrativa de la 4T, la manera con la que se le cuadra al jefe político de ese movimiento en Sonora (así lo llamó: jefe político) y el reconocimiento a los logros que Morena ha logrado en México y en Sonora: combate a la pobreza, disminución de la brecha de desigualdad social, obras de infraestructura, programas sociales, etc.
El Maloro es, a no dudarlo, un político profesional y evidentemente sabe adaptarse a la cambiante realidad. A diferencia de Padrés, Manlio o Bours, que también son políticos profesionales, pero se mantienen en la línea de la crítica al gobierno morenista y apoyan el proyecto opositor que hasta ahora no tiene otro exponente con potencial para representarlos como candidato a la gubernatura en 2027, El Maloro decidió quemar sus naves tricolores y sumarse a la alianza que encabeza Morena.
Esta incorporación ha suscitado toda clase de reacciones. Los más bisoños y limitados han optado, desde su (dis) funcional analfabetismo político, por regocijarse con el trago amargo que habrán de pasar algunos morenistas al tener que sentarse a la mesa con quien fue, en otro tiempo, un denodado adversario.
Ignoran (deliberada o involuntariamente) que el éxito electoral del obradorismo desde 2017 consistió precisamente en la cooptación de cuadros provenientes de otros partidos, lo que tuvo (tiene) un doble efecto. Por un lado, mina las bases electorales del PRI y el PAN; por el otro, desmoraliza a las dirigencias de esos partidos que, incapaces de mantener la unidad que en algún tiempo les permitió acceder al poder y conservarlo, han sido testigos de la migración de buena parte de sus bases electorales hacia Morena.
Ya hemos citado aquí cómo en Sonora, entre 2015 y 2018, el PRI y el PAN perdieron, en números gruesos, más de 500 mil votos, mismos que pasaron a Morena y se refrendaron en 2021 y 2024, con tendencias al alza.
La pérdida de votos se traduce también en pérdida de prerrogativas y este no es un asunto menor. Para hacer política electoral en México se requiere, además de talento, dinero. Esa fórmula funcionaba ayer y funciona hoy. Y hoy, el dinero público, privado y vaya usted a saber si sucio, está del otro lado.
Sí, en Morena, los duros de Sonora están pasando un trago amargo por la incorporación del Maloro a la alianza. Transcribo aquí un fragmento del texto que subió a sus redes sociales el ingeniero Javier Ruiz, ya veterano de la izquierda, radical e intransigente, reivindicador del purismo fundador morenista y sazonador de sapos que deberá deglutir haciendo gestos, pero asumiendo su condición minoritaria en esa confederación de tribus que si no se hubieran juntado, en 2018 estarían repitiendo los lamentos de 2006 y 2012.
“El Maloro viene de las entrañas podridas del PRI, esa fábrica de saqueo y sumisión que nos condenó a décadas de hambre y entrega. Pasó por el Verde, que durante años fue el camaleón del régimen vendiendo sus siglas al mejor postor. Que hoy quiera arrimarse al sol de la 4T no borra su huella dactilar en el viejo régimen. Sí, hay resistencias y tienen que existir. Recibirlo con los brazos abiertos sin exigir memoria equivaldría a traicionar a nuestras bases. La 4T no es una pensión para políticos derrotados; es un proyecto de liberación nacional. Pero la alarma no se queda en Sonora ni en el jugo electoal de 2027. Encendamos las alertas mayúsculas: el sionismo evangélico está entrando por la puerta trasera del movimiento. No es retórica menor. Maloro no solo militó en la derecha priista; su asistencia a la cena de investidura de Donald Trump no fue una cortesía diplomática, fue un acto de comunión con el fascismo internacional”.
Muy válido el apunte del ingeniero, pero viene al caso para contrastarlo con lo que hace unos días me dijo un encumbrado militante de la 4T a propósito del debate entre fundadores y no fundadores: “los fundadores tienen mucha ideología, pero no sirven para nada a la hora de ganar elecciones”.
En esa breve sentencia, resumió lo que semanas atrás escribí en otro despacho, intitulado “La izquierda no sabe ganar elecciones”.
No es la intención amarrar navajas, pero antier vi una foto en la que aparecen muy sonrientes y quitados de la pena, el mismísimo Maloro Acosta con el secretario de Gobierno, Adolfo Salazar Razo, a quienes no los une la ideología. Si acaso el pragmatismo y, sobre todo, su profesión de fe cristiana, que tampoco es asunto menor en eso de ganar votos.
Adjunto el link de la columna citada, por si quieren echarle un ojo, y con eso me despido lentamente y sin ánimo de dejar la víbora chillando.
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