Mi gusto es… (o la otra mirada)
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En la otra República de los cocos
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Hay un país, muy lejano, por supuesto, que desde hace algún tiempo vive una de esas temporadas electorales, ininterrumpidas, casi eternas, que suelen presentarse como fiestas de la democracia y terminan pareciéndose bastante a las fiestas de pueblo: mucho ruido, estridente música, demasiada gente queriendo bailar y, al final, nadie sabe muy bien quién pagó la cuenta.
En ese país, cuya ubicación geográfica prefiero mantener en secreto para evitar conflictos diplomáticos y luego me quieran quitar la visa, los aspirantes a puestos de elección popular andan actualmente de un lado para otro, inaugurando sonrisas, repartiendo abrazos, estrechando manos, besando criaturas, cargando ancianos y descubriendo de pronto que siempre habían tenido una profunda vocación por servir a la gente.
Qué suerte la de ese país. Es que, a diferencia de lo que sucede en otras partes del universo, allá los políticos son seres extraordinarios. Todos. Y todas. No hay uno que tenga una cuenta pendiente con la justicia, una contradicción con su discurso, un negocio sospechoso, una fortuna inexplicable, un pariente convenientemente acomodado o una memoria selectiva que le permita olvidar lo que dijo ayer. Son impolutos. Su honestidad es tan grande que podría almacenarse en una presa hidroeléctrica. Su vocación de servicio es tan intensa que, si se pudiera medir en kilowatts, probablemente iluminarían medio continente.
Y su preparación es extraordinaria. Todos, sin excepción, tienen nivel de estadista. Aunque algunos jamás hayan estadado nada. Pero eso es lo de menos. En ese país lejano de los otros cocos, el día que alguien anuncia que quiere ser candidato, nadie pregunta cuánto le costará la campaña, quién se la financiará, qué intereses representa, qué negocios dejará pendientes, qué negocios comenzará después o qué familiares podrían aparecer, llegado el momento, en alguna nómina pública.
No. Preguntar semejantes cosas sería de una vulgaridad imperdonable. Su apostolado es a prueba de babas. Allá basta con escuchar el discurso. Y qué discursos, mi Chato.
Los candidatos dicen que quieren servir. Que quieren transformar. Que quieren construir. Que quieren acabar con la pobreza, con la corrupción, con la inseguridad, con la impunidad, con la desigualdad, con los malos gobiernos y, si el calendario electoral se los permite, hasta con el mal tiempo. Prometen hospitales, escuelas, carreteras, empleos, seguridad, crecimiento económico, inversiones, justicia, prosperidad, bienestar y felicidad.
Algunos, más modestos, prometen simplemente “estar cerca de la gente”. Que tampoco es poca cosa. Sobre todo porque, una vez que llegan al cargo, la gente suele quedar bastante lejos de ellos. Pero volvamos a la pregunta. La pregunta ingenua. La pregunta impertinente. La pregunta que, por alguna razón, nadie quiere hacerles cuando los vemos aparecer en espectaculares, entrevistas, redes sociales, desayunos, reuniones, giras, mercados municipales, closets, mítines y fotografías cuidadosamente iluminadas:
¿Para qué quieres ser candidato?
No “qué vas a hacer”. No “cuántas leyes vas a presentar”. No “cuántas calles vas a pavimentar”. No “cuántos hospitales vas a construir”. La pregunta es mucho más sencilla:
¿Para qué quieres el cargo?
Porque una cosa es lo que un candidato dice que hará desde el poder y otra, bastante diferente, es lo que espera obtener del poder. Y aquí es donde empieza a ponerse interesante la geografía de aquel lejano país.
Si uno escucha a los candidatos, parecería que todos están dispuestos a sacrificarlo todo por la patria. El descanso. La tranquilidad. La familia. El patrimonio. La comodidad. La vida privada. Todo por servir. Es conmovedor. Casi hasta las lágrimas.
Porque ninguno dirá que quiere ser diputado para tener fuero. Ninguno dirá que quiere ser alcalde para controlar presupuesto y nómina. Ninguno confesará que quiere una gubernatura porque desde ahí puede repartir favores, nombramientos y contratos. Ninguno admitirá que busca una senaduría para prolongar indefinidamente su permanencia en la política. Ninguno reconocerá que necesita el cargo para recuperar lo gastado en la campaña.
Mucho menos habrá quien diga: “Quiero ser candidato porque ya descubrí que la política es una forma extraordinariamente cómoda de ganarse la vida”.
No, Caballero. Eso no se dice. Ni que fueran tan Maloros.
En aquel país tan lejano esas cosas se consideran de mal gusto. Los candidatos hablan de democracia. De justicia social. De derechos humanos. De transparencia. De bienestar. De los pobres. De los jóvenes. De las mujeres. De los trabajadores. De los campesinos. De los empresarios. De las madres solteras. De los adultos mayores. De los pueblos originarios. De los animales, si hace falta.
Y de la ciudadanía en general, esa noble criatura que aparece cada tres o seis años y después desaparece de la agenda hasta nuevo aviso. (O Visa).
El problema es que la política tiene una memoria muy peculiar. Recuerda perfectamente cuándo vienen las elecciones y olvida con admirable facilidad lo que prometió en las anteriores. Hace tres años dijeron lo mismo. Hace seis, también. Hace nueve, exactamente igual. El sistema métrico sexenal al que se refería Novo.
Y si uno tuviera la paciencia de revisar los archivos, seguramente descubriría que algunos llevan décadas prometiendo el mismo futuro que nunca termina de llegar, como tampoco muchos de ellos llegan a un empleo en el que puedan ganarse la vida echando el alma ocho horas diarias.
Pero no importa. El candidato vuelve. Con otra fotografía. Otro eslogan. Otra camisa. Otro partido, quizá. Otra sonrisa. Y, por supuesto, la misma vocación de servicio. Porque en aquel país lejano existe una especie política especialmente resistente a la vergüenza y muy endémica para eso del cinismo. Puede cambiar de partido, de ideología, de discurso, de jefe, de camiseta y hasta de convicciones, pero conserva intacta la convicción de que todo cambio personal constituye una evolución democrática, siempre con saldo a favor en su cuenta bancaria.
Si ayer defendía una cosa y hoy defiende exactamente la opuesta, no es contradicción. Es madurez. Si ayer militaba en un partido y hoy milita en otro, no es oportunismo. Es pluralidad. Si ayer criticaba al político que hoy abraza, no es incongruencia. Es reconciliación nacional. Y si mañana vuelve a cambiar, seguramente será porque la patria se lo exigió. Qué país tan admirable. Cómo quisiera que el mío fuera así.
Ahí hasta lo cretino tiene nombre elegante. A la pillería verbal le llaman inteligencia. A la simulación, estrategia. A la conveniencia, prudencia. A la traición, realineamiento. A la complicidad, oficio político. A la falta de principios, capacidad de negociación. Y al oportunismo, legítimo derecho a participar.
La única cosa que parece no tener traducción favorable es la decencia. La decencia, en cambio, es una enfermedad. Y además contagiosa. Por eso conviene mantenerla a distancia. No vaya a ser que un candidato llegue a creer que el dinero público no es suyo. No vaya a ser que alguno piense que un cargo es temporal. No vaya a ser que alguien recuerde que representar a la gente significa representarla.
Sería peligrosísimo. Porque entonces la política dejaría de ser un negocio de permanencias y volvería a parecerse a lo que alguna vez se dijo que era: un instrumento para servir. Pero no nos confundamos. En ese país lejano hay excepciones. Por supuesto que las hay. Siempre las hay. Hay políticos honestos, capaces, preparados, decentes y comprometidos.
El problema es que las excepciones suelen tener una desventaja considerable: no hacen tanto ruido. No aparecen en todos los eventos. No tienen tiempo para tomarse siete fotografías por minuto. No necesitan explicar todos los días que son honestos. Y, sobre todo, no parecen tener una necesidad biológica de aparecer en la boleta electoral cada vez que existe una. Los otros sí.
Los otros tienen una especie de vocación por la candidatura que parece hereditaria. Nacen aspirantes. Crecen aspirantes. Se reproducen como grupo político. Y, cuando la ciudadanía cree que finalmente han desaparecido, reaparecen en otra boleta. Son indestructible. Uno los ve de diputado. Después de senador. Luego de secretario. Más tarde de candidato. Después de operador político. Y cuando parece que finalmente han encontrado el retiro, aparecen en alguna fotografía diciendo que “nunca han dejado de servir a su pueblo”.
Uno empieza entonces a sospechar que en aquel país lejano existe alguna enfermedad profesional. Se llama electoralitis crónica. El síntoma principal es una incapacidad absoluta para abandonar el poder. Y el tratamiento consiste, naturalmente, en obtener otro cargo. Por eso vuelvo a la pregunta original. ¿Para qué se es candidato?
Porque si realmente fuera para servir, la política debería ser una actividad temporal. Una estación. Un paréntesis en la vida. Uno entra, trabaja, cumple y se va. No debería convertirse en una profesión hereditaria ni en una especie de plan de jubilación anticipada. Pero algo extraño ocurre cuando el poder deja de ser un medio y comienza a convertirse en un destino. Entonces ya no se trabaja para llegar al poder. Se llega al poder para seguir trabajando en llegar al poder.
Y eso explica muchas cosas. Explica las campañas permanentes. Explica las fotografías. Explica las alianzas imposibles. Explica las reconciliaciones milagrosas. Explica a los enemigos de ayer convertidos en compañeros de hoy. Explica a los compañeros de ayer convertidos en enemigos de hoy. Explica las promesas. Explica los discursos. Explica el súbito amor por los pobres. Y explica también esa extraordinaria capacidad de algunos personajes para sobrevivir políticamente a todo.
A derrotas. A escándalos. A contradicciones. A cambios de partido. A cambios de ideología. A cambios de gobierno. A cambios de principios. Porque los principios, como se sabe, pueden resultar incómodos cuando se pretende conservar una candidatura. Y mientras tanto, la ciudadanía observa. Vota. Espera. Se decepciona. Vuelve a votar. Y vuelve a esperar. Y allá, en aquel país que insisto en no identificar porque no quiero meterme en problemas con sus autoridades, sus aspirantes continúan edificándose mutuamente. Uno llama estadista al otro. El otro llama patriota al primero. El tercero los llama líderes o camarada o compañero. El cuarto habla de su extraordinaria visión.
Y así, entre ellos, construyen monumentos de palabras. Monumentos sin ladrillos. Sin cemento. Sin obra. Pero monumentos al fin. Porque hay que reconocerles algo: nadie sabe elogiar a un político como otro político. Se necesitan. Se protegen. Se reciclan. Se recomiendan. Se suceden. Y, llegado el momento, se presentan nuevamente ante nosotros con la solemnidad de quien acaba de descubrir la democracia. Entonces regresan las promesas. Regresan las manos extendidas. Regresan los abrazos. Regresan las frases sobre el futuro. Regresa la palabra “pueblo”. Regresa la palabra “esperanza”.
Y nosotros, pobres habitantes de aquel país lejano, volvemos a escuchar la misma historia. La historia del candidato impoluto. Del estadista en ciernes. Del servidor público que todavía no es servidor público pero ya se siente obligado a salvarnos. Del hombre o la mujer providencial que, por alguna misteriosa razón, siempre termina necesitando un presupuesto, una oficina, un séquito y una nueva candidatura para demostrar cuánto ama a la gente.
Así que, llegado el próximo proceso electoral, quizá sería bueno que alguien les hiciera una pregunta distinta. No: ¿Qué vas a hacer por nosotros? Tampoco: ¿Qué propones? Mucho menos: ¿Cuál es tu proyecto? Preguntemos algo más incómodo. Algo más íntimo. Algo que no puedan contestar con un eslogan: ¿Para qué quieres ser candidato?
Y si la respuesta tarda demasiado, no se preocupen. Probablemente estén pensando qué decir. Porque la respuesta verdadera, en aquel país lejano, debe ser una cosa muy difícil de confesar. Y es que quizá algunos no quieren ser candidatos para cambiar al país. Quizá quieren cambiar de vida.
Y vaya que lo consiguen. Cambian de casa. Cambian de carro. Cambian de círculo. Cambian de amigos. Cambian de partido. Cambian de patrimonio. Cambian de discurso. Cambian de principios. Y, con un poco de suerte electoral, hasta consiguen que cambie su cuenta bancaria. Lo único que no cambia es la pregunta.
¿Para qué se es candidato?
Pero eso sí: en mi país —México, desde luego, y nada que ver con aquel otro— no hay de qué preocuparse. Todos están dispuestos a sacrificarse por nosotros. Y todos, absolutamente todos, tienen una sola ambición: servir. Ojalá esa ambición personal nunca llegue aquí. Lo demás son maledicencias de gente resentida. Porque, después de todo, ¿quién podría sospechar de alguien que quiere tanto a su pueblo que está dispuesto a dedicarle seis años de su vida?
Hasta que la muerte —o el electorado— los separe. Bendita sea, entonces, la democracia. Y más bendita todavía la no reencarnación. Porque, viendo a algunos, uno empieza a temer que, si existiera, también querrían ser candidatos en la próxima vida.
Y parafraseando al jefe: Ustedes disculpen, pero me tocó ser último orador, cosa que me da mucho gusto porque, como quien dice, así me los agarre cansados.


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