La memoria social a prueba

Arturo Soto Munguía /    2026-09-09
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Si alguien, por allá en aquel remoto año de 1991 me hubiera dicho que alguna vez vería a Manlio Fabio Beltrones propugnando por un frente amplio opositor al gobierno, por la creación de un ejército de vigilantes de casillas, mecanismos para evitar la manipulación del voto y la fiscalización de organismos electorales proclives a torcer la voluntad popular mediante cualquier clase de triquiñuelas -legales o ilegales- simplemente le habría recomendado atender profesionalmente su trastorno delirante.

 

Ese año, Beltrones ganó la gubernatura con una votación apabullante en su favor. Para ello, la maquinaria del PRI funcionó como un Ferrari del año, como una pesada aplanadora o como patibulario Sheriff según fuera requerido.

 

Si no se llevó el carro completo fue porque el PAN le presentó resistencia en algunas plazas: algún distrito federal o local en Hermosillo, algún municipio como Guaymas, San Luis Río Colorado y Puerto Peñasco, donde hubo episodios de violencia, persecución y encarcelamiento de candidatos y líderes opositores. No había titubeos ni dobleces: lo que el PRI no ganaba en las urnas lo ganaba en los tribunales o lo arrebataba a punta de pistola, que es una manera de aludir, no tan metafóricamente, al uso del aparato judicial para ‘empapelar’ opositores.

 

José Ramón Uribe Maytorena, entonces candidato a la alcaldía de Guaymas ya no vive para contarlo (no murió en ese episodio, sino muchos años después, de causas naturales); Ernesto Munro Palacio, entonces candidato a la alcaldía en Puerto Peñasco tuvo que exiliarse en EEUU tras los violentos conflictos poselectorales. Él sí vive, pero está retirado de la política en estos días.

 

Aludo a los panistas porque en aquellos años era la oposición más consistente y con mayor estructura y posicionamiento electoral. La izquierda, que competía por primera vez como PRD llevó como candidato a un veterano militante comunista, de reconocida fama pero poco arraigo en el estado: Ramón Danzós Palomino, con mucha autoridad moral pero pocas fuerzas ya como para encabezar luchas poselectorales en las que además, poco tenían que pelear, dada su magra captación de votos, que apenas le alcanzó aquel año para llevar a un diputado plurinominal al Congreso local: Juvencio Torres Ávila, que cambió rápidamente sus huaraches de tres correas y su morral de manta por trajecitos de la Ross que servían bien para cumplir el protocolo legislativo de no ir muy formal al pleno.

 

II

 

Mucha agua ha corrido ya bajo esos puentes de la memoria. El paisaje hoy se ha vuelto confuso. Los panistas juegan a debatir las conveniencias de mantenerse en el principismo doctrinario o claudicar en el pragmatismo desmemoriado; todo desde un paupérrimo 14 por ciento de intención del voto a su favor. Los priistas juegan a la contrición olvidadiza, muy útil para la reconciliación con los que antes persiguieron, pero más útil para conservar al menos, el registro legal de su partido.

 

En ese río revuelto de los años, aparece un sexenio que fue tan esperanzador como decepcionante. El de la primera alternancia en el gobierno del estado, cuando en 2009 Guillermo Padrés encabezó la proeza de sacar al PRI de Palacio de Gobierno.

 

Tiene mucha razón Ramón Corral cuando dice que a Padrés le bastaron seis años para acabar con una historia de medio siglo del Partido Acción Nacional: el gobierno de Padrés fue políticamente un desastre para el PAN. Aquello que se construyó metódica, sistemática y trabajosamente como alternativa a gobiernos corruptos, nepotistas, autoritarios, gandallas y arrogantes terminó convertido en la versión mejorada de la corrupción, el nepotismo, el autoritarismo, el gandalllismo y la arrogancia.

 

Claro, Ramón Corral tampoco tiene la voz completa y para hacérselo ver no está esta columna, sino el sayo que le mandaron para recordarle su paso por la Comisión Nacional de Pesca donde, de acuerdo a la versión que se ha esmerado en difundir Javier Dagnino, encabezó un festival de corrupción que saqueó no solo las arcas del erario, sino hasta las aguamalas del Mar de Cortés, enriqueciéndose además con los moches recibidos de parte de los empresarios atuneros.

 

Hay en este pleito de callejón, desde luego, un fallo en la Matrix. Porque si Javier Dagnino es el severo juez que procesa las acusaciones contra Ramón Corral, pues está jodida la cosa, porque hablar de los Dagnino en el gobierno de Guillermo Padrés recupera toda la MEMOralia del saqueo, los enriquecimientos (¿in?)inexplicables, los abusos y las trácalas que terminaron en expedientes judiciales y cárcel para varios panistas, ya no por la resistencia poselectoral como en los 80-90, sino por el descarado asalto a las arcas estatales.

 

III

 

Toda esta digresión viene al caso, porque en estos días estamos viendo lo que parece ser un relanzamiento de los viejos protagonistas de esta trama; señaladamente de aquel sexenio políticamente trágico de Padrés, tratando de lavar su honra, si es que tal cosa cuenta en su patrimonio moral.

 

El más reciente de ellos fue el entonces secretario de Salud, Bernardo Campillo. Sí, aquel que en los momentos más críticos de la prestación del servicio en los hospitales públicos, cuando aparecían pacientes recostados sobre los pasillos del Hospital General llegó a decir que eso se debía a un ataque político de sus adversarios que, para hacer quedar mal al gobierno padrecista, se tiraban de las camillas para buscar la foto.  ¿Les suena?

 

Para documentar el pesimismo, a lo que estamos asistiendo es a lo que parece ser una escalada de reivindicaciones morales entre personajes de los episodios más negros en la historia de la administración pública en Sonora, que hoy buscan regresar al lugar donde fueron felices y que, según el buen Sabina, nunca deben tratar de volver.

 

No tengo duda de que los protagonistas de la segunda alternancia en Sonora tienen fallas, omisiones y si me apuran tantito, motivos para abrir carpetas de investigación por los mismos delitos que llevaron a la cárcel a pránganas que, años después, suponen que nadie se acuerda de sus tropelías.

 

Dicho lo anterior, preparémonos pues para ver en las boletas electorales, o en los entornos de la operación política al entreverado generacional de los que hoy se besan y abrazan con pasión digna de mejores causas, bajo la consigna que se volvió canon antes de que muchos de ellos nacieran, y que tuvo a bien consigan para la posteridad el buen César Garizurieta, mejor conocido como “El Tlacuache”: vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.

 

Bajo esa premisa, el panismo se divide y se dispersa infiltrando a la izquierda; la izquierda se mata por su 3% y la derecha los coopta porque todo cuenta; el priismo hace un acto de contrición y le apuesta a que la derecha le perdone los crímenes del pasado mientras la izquierda (¡Ay no!, la izquierda) suma al Maloro, negocia con Colosio, arropa al evangelismo territorial y se traga sapos que en los 90, Manlio se los hubiera tirado a los perros.

 

30 años después, están juntos, pero (dicen) no revueltos.

 

Cosas que pasan.

 

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