Mi gusto es... (O la otra mirada)
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LA PATRIA, UN CERTIFICADO DE PUREZA. (…o el nacionalismo de vitrina)
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Hay nacionalismos que se conforman con querer a la patria. Y hay otros que, además, necesitan administrarle un examen de pureza a sus habitantes. Uno puede querer mucho a México, cantarle a México, comer México, beber México, presumir México y hasta emocionarse con un atardecer multicolor sobre el malecón como si acabara de descubrirse América, mientras se empina una autóctona caguama o una ballena bien helada. Todo eso es perfectamente legítimo. El problema empieza cuando alguien decide que para demostrar suficientemente ese amor hay que pasar por la ventanilla de la mexicanidad y entregar, junto con los documentos, cualquier otro vínculo nacional que pudiera despertar sospechas. Como el tener otra nacionalidad. Porque una cosa, es decir: “Quiero que quienes gobiernen México tengan una lealtad política inequívoca hacia México”. Es lo menos que se puede pedir. El que protesten el cargo a la letra de lo que dice la constitution no es un trámite, es una obligación futura que inicia en cuanto te cruzan la banda presidencial, termina el protocolo y sales de ahí como pavorreal. Pero otra muy distinta es sostener que para garantizar esa lealtad hay que exigir una sola nacionalidad, como si el afecto por una patria funcionara igual que una membresía de gimnasio: una sola tarjeta, una sola camiseta y nada de andar entrando al establecimiento con credenciales ajenas. Esa ocurrencia de impedir que personas con doble nacionalidad puedan aspirar a determinados cargos de elección popular surge, precisamente, de esa preocupación por la lealtad nacional. Como si el tener una sola nacionalidad en anteriores presidentes ( ya iba a decir presidiario) nos hubieran garantizado una entrega total y una lealtad a favor de México. Por eso la cuestión que interesa no es solamente si la medida puede defenderse jurídicamente. También lo es el argumento emocional que la acompaña: la idea de que dos nacionalidades necesariamente producen dos lealtades, y que una de ellas podría terminar disputándole el corazón a la otra. El corazón humano, sin embargo, no parece haber leído la Constitución. Uno puede querer a dos personas. A dos hijos. A dos ciudades. A dos equipos de futbol, aunque esto último ya sea moralmente sospechoso. Puede tener dos casas y sentirse en ambas en casa. Puede hablar dos idiomas, tener dos culturas, dos historias familiares y hasta dos nacionalidades sin que por ello tenga instalado en el pecho un interruptor que diga: “México / otro país: seleccione solamente uno”. Aquí es donde aparecen, con cierta utilidad, algunos estudiosos del fascismo. No porque la iniciativa sea fascista —sería una conclusión desproporcionada y académicamente poco seria y si algo tiene mi única nacionalidad mexica es que es muy seria— sino porque quienes han estudiado el fascismo han analizado con particular atención lo que ocurre cuando la nación deja de ser una comunidad política y comienza a convertirse en una especie de objeto sagrado cuya defensa permite medir la pureza de los ciudadanos. El camarada Roger Griffin, por ejemplo, ha estudiado el fascismo a partir del concepto de ultranacionalismo palingenésico: una visión de la nación que necesita renacer, regenerarse, recuperar una grandeza perdida. El compa Robert Paxton ha puesto el acento en otros elementos: la exaltación de la unidad, la pureza y la victimización nacional, y en cómo determinados movimientos pueden utilizar esas emociones para abandonar las libertades democráticas.
Emilio Gentile, por su parte, estudió la llamada “sacralización de la política”: el momento en que la nación, el Estado o determinadas ideas políticas dejan de ser simplemente asuntos públicos y empiezan a tratarse como objetos de fe, reverencia y devoción. Sí, como a la virgen de Guadalupe, El Ratón Macias, el mole poblano, José Alfredo Jiménez, El Santo, el América, Hugo Sánchez, Frida Kahlo, la India María, la lucha< libre, los tacos de suadero o el Yahir . No hace falta, pues, sacar al fascismo del clóset para discutir una iniciativa sobre nacionalidad. Basta con reconocer que el nacionalismo tiene una versión razonable y otra que empieza a ponerse solemne queriendo aparentar una cosa donde cabemos todos cuando en realidad es el discurso adoctrinador de unos cuantos preparando el terreno para lo feo que viene. La primera dice: “México es mi país y quiero lo mejor para él”. La segunda empieza a preguntar: “¿Pero cuánto México hay dentro de usted?”.Y ahí entramos en terrenos deliciosos. Porque si vamos a medir la mexicanidad con ese rigor, habrá que establecer indicadores científicos. Una comisión podría determinar cuántos tacos de carne asada equivalen a un punto de nacionalidad; si comer sushi resta medio punto; si viajar a Estados Unidos descuenta tres; si tener Netflix configurado en inglés es causal de sospecha; si ponerle nopales a un hot dog, refuerza el mexicanismo y si alguien prefiere una Budweiser en lugar del pulque o un tequila , quizá deba comparecer ante el Tribunal Supremo para devolverle al pueblo lo desmexicanizado. También habría que revisar nuestras artesanías. Porque tenemos la impertinente costumbre de afirmar que todo lo mexicano es maravilloso por el solo hecho de ser mexicano. Una vasija puede estar torcida, una silla puede tener una pata más corta que las otras tres y una escultura puede parecer hecha durante un apagón, pero alguien dirá que posee una “extraordinaria fuerza expresiva de nuestras raíces” y chulearla al punto del llanto mientras se enrolla en una bandera frente a la ventana de un quinto piso y hace la faramalla de aventarse. Pero cuidado: no vaya a ser que criticarla se considere ahora traición a la patria. Con esa lógica, quizá el próximo paso sea declarar constitucionalmente que toda artesanía mexicana es perfecta, toda comida mexicana sublime y todo mexicano nacido en territorio nacional incapaz de cometer una mala decisión. Eso sí sería un nacionalismo verdaderamente revolucionario. Griffin probablemente hablaría de ultranacionalismo. Gentile encontraría elementos para estudiar la sacralización de la nación. Paxton quizá pediría que dejáramos de mirar tanto lo que los políticos dicen y observáramos lo que hacen, pero Roberto Gómez Bolaños, con CH como el poema de Sor Juana, quizá diga solamente " Es que no me tienen paciencia" Y yo propongo un cuarto teórico: el doctor Filemón de la Mexicanidad Absoluta, investigador emérito de la Universidad Autónoma de la Patria, científico probo, quien ha demostrado después de 27 años de estudios que un mexicano con doble nacionalidad presenta “síntomas inequívocos de extranjería intermitente”. El doctor Filemón asegura que el sujeto puede ser perfectamente mexicano durante el desayuno, pero que a la hora de comer corre el peligro de convertirse en ciudadano de otro país si utiliza cubiertos extranjeros o en el menú incluye BBQ Ribs. Al cerro de las tres campanas hay que llevarlos. Quien les manda. Su obra fundamental, La patria no se comparte porque se acaba, permanece inédita por una razón muy mexicana: el autor todavía no encuentra quién le financie la impresión. Naturalmente exagero, pero solamente es para poner en evidencia algo que suele pasar desapercibido: cuando convertimos la identidad nacional en un examen de pureza, terminamos empobreciendo la propia idea de nación.México no ha sido nunca una cosa pura. Ha sido mezcla, migración, mestizaje, intercambio, contradicción, frontera, exilio, regreso y adopción. Al interior del propio México pasa lo mismo. Somos de aquï y de alla y no por eso andamos con deslealtades en contra de la ciudad en que nacimos o en contra de la que nos recibiô por la razôn que quieran y nos dio de comer. ¿Y qué hacemos entonces con los extranjeros que hicieron suyo este país? Por ejemplo, con el c
iudadano extranjero de nombre Bob Gaine, quien sufragó cerca del 70% que de su bolsa saco para levantar el hongo de Balandra después de que unos mexicanos lo tumbaron al subirse con esa elegancia que les brindó su civilizada prehistoria. Con Francisco Xavier Mina Español Militar que luchó a favor de la causa insurgente durante la Independencia de México. Kingo Nonaka Japonés Fotógrafo y médico que participó en la Revolución Mexicana como miembro del servicio médico y luego se integró a la vida nacional. Luis Buñuel Español Cineasta que se naturalizó mexicano y dirigió obras maestras del cine nacional como Los Olvidados. ¿Y con los mexicanos que tuvieron que irse? ¿Y con los hijos de mexicanos nacidos fuera?¿Y con quien adquiere otra nacionalidad sin dejar de sentirse mexicano? ¿Les pedimos que demuestren qué porcentaje de su alma pertenece a México? Aquí recuerdo a la eslovena, a la peninsular Chavela Vargas, aquella formidable costarricense que terminó siendo más mexicana que muchas actas de nacimiento. Cuando le hicieron notar que había nacido en Costa Rica y ella insistió en que era mexicana, respondió con esa frase que parece escrita por un constitucionalista después de varios alipuses en Garibaldi: “Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”. No es una tesis jurídica, desde luego. Pero como teoría sobre la identidad resulta bastante más generosa que aquella que pretende encerrarla en una sola casilla. Porque quizá la verdadera pregunta no debería ser dónde nació una persona ni cuántos pasaportes guarda en un cajón ni a cuantas nacionalidades hay que renunciar a cambio de un curul o una silla presidencial. Quizá debería ser qué ha hecho con la ciudadanía que tiene. Porque la democracia, después de todo, no debería necesitar ciudadanos de una sola procedencia emocional. Necesita ciudadanos sujetos a las mismas leyes, con los mismos derechos y obligaciones, y funcionarios obligados a responder por sus actos. La lealtad política tampoco debería presumirse a partir de una renuncia documental. Puede haber mexicanos con una sola nacionalidad que traicionen la confianza pública y mexicanos con dos que jamás lo hagan. La historia está llena de patriotas de una nacionalidad y de traidores de una sola bandera. El pasaporte, por sí mismo, no garantiza la virtud, ni la tortilla, ni el agave, ni el sarape, ni el himno. Ni siquiera el fervor con que alguien grita “¡Viva México!” en tanto se acomoda para la fotografía.El nacionalismo puede ser una forma legítima de identidad colectiva. Pero cuando empieza a exigir demostraciones crecientes de pureza, cuando convierte las diferencias en sospechas y cuando utiliza el amor a la patria como argumento suficiente para restringir derechos, conviene detenerse un momento. No para acusar a nadie de fascista. Eso sería demasiado fácil ya demás calumnioso. Ni que prevalecieran hoy el culto a la personalidad y símbolos omnipresentes, las imágenes del líder, los retratos en oficinas y escuelas, y los emblemas oficiales como entorno visual cotidiano. La militarización y rituales colectivos, la vigilancia e identificación de enemigos, la sospecha constante y la denuncia de considerados "enemigos del Estado” a los opositores políticos, minorías o disidentes o el control de la información y la cultura ya sea censurando censurados o transformados en herramientas de propaganda continua. Esos son instrumentos de los conservadores. Se los juro por Javier Corral y Manuel Espino. Mas bien conviene detenerse precisamente para preguntar por qué necesitamos que la patria sea tan celosa. Porque una patria segura de sí misma debería poder aceptar que uno de sus hijos quiera también otra tierra. Una patria madura debería entender que la identidad no funciona como una cuenta bancaria: tener afectos en otro lugar no significa haber retirado los fondos de aquí. Y una patria democrática debería desconfiar de cualquier idea que pretenda decirnos que para demostrar cuánto la queremos tenemos primero que renunciar a algo. Sobre todo, si ese algo también forma parte de quienes somos. Porque la patria puede ser una casa, puede ser memoria. Puede ser idioma y puede ser una playa, un cerro, una canción, una tortilla, una madre o un muerto. Pero si algún día necesita un certificado de pureza para reconocer a sus hijos, habrá dejado de ser casa y se habrá convertido en aduana, que entona un nacionalismo de vitrina, Pero hasta ahí.


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